Opinión de José Luis Lezama
Gran parte de la investigación y de los experimentos que se efectúan en el llamado campo de la agricultura farmacéutica o de los fármaco-cultivos, así como en otros de los productos genéticamente modificados, ocurre al margen de la opinión pública, en laboratorios y campos de prueba discretamente mantenidos, en sitios aislados, lejos de la mirada incómoda de la prensa sensacionalista y de la hostilidad de los activistas verdes: todo parece ocurrir en la clandestinidad. Los temores no sólo provienen del riesgo de que los materiales, sustancias y organismos con los que se experimenta escapen o se liberen al ambiente, contaminando ecosistemas y amenazando la salud y seguridad de los seres humanos, sino también de la posibilidad de que estos experimentos se filtren a los medios de comunicación, contaminando a la opinión pública con información desvirtuada, provocando de esta manera ansiedad, angustia y protesta social. El mundo actual se ha convertido en un inmenso laboratorio en el cual se experimentan y exploran diversas áreas del conocimiento, muchas de ellas de dudoso beneficio para la humanidad o que al menos generan controversia, haciendo emerger cuestiones éticas fundamentales. La humanidad vive hoy día en una frontera barbárica creada por los grandes e incesantes avances del conocimiento científico y por los incontenibles progresos del desarrollo tecnológico. De alguna manera en ese inmenso laboratorio en el que se ha convertido el mundo moderno, y del que nadie parece ser responsable, el ciudadano parece ignorar lo que sus hombres de ciencia descubren, inventan y experimentan, y los beneficios o riesgos que esto genera para su seguridad y la del circundante y vital medio ambiente del que dependen para reproducirse.