¿ETANOL?
03.29.10 Enviar esta notaOpinión de Gabriel Quadri de la Torre
En días pasados se derrumbó el contrato previsto para abastecer de etanol a PEMEX, que sería mezclado con las gasolinas distribuidas en Guadalajara. Tal vez eso nos salve, o al menos retrase la creación de un nuevo sistema de rentas otorgadas por el Estado a grupos de interés en el campo mexicano; y de cosas peores. Para los grupos de interés el etanol representa una oportunidad brillante, incluso capaz de superar lo que han logrado con el PROCAMPO y el PROGAN (20 mil millones anuales de pesos de subvención sin contraprestación – o sea, sin eufemismos, un regalo – fundamentalmente para los agricultores y ganaderos más grandes).
Las víctimas seríamos, como siempre, los contribuyentes, en este caso no a través de SAGARPA sino de PEMEX. El poderoso enclave corporativo que domina al sector azucarero no está para eficiencias y competitividad; producir etanol exige un precio generoso, desde luego subsidiado. Una sangría más y un nuevo grillete corporativo para el Estado. Hoy, vista la imposibilidad de las reformas que el país necesita, constatamos penosamente el costo y la dificultad formidables que implican remover los que heredamos del siglo XX mexicano. Los riesgos de emprender la ruta del etanol, forzando a PEMEX como vehículo, son enormes, tanto en términos fiscales (subsidios implícitos o abiertos) como políticos (nuevos andamiajes y cercos corporativos), y desde luego, ambientales y climáticos. Volteando hacia el norte podremos constatarlo. Aunque la producción de etanol de caña de azúcar es energéticamente más eficiente que la de maíz (como se lleva a cabo en Estados Unidos), los paralelismos son inquietantes.
El Congreso de los Estados Unidos destina cerca de 6 mil millones de dólares para subsidiar la producción de etanol (0.45 USD por galón), lo que ha distorsionado el uso del suelo agrícola, y el mercado de alimentos. De hecho se estima que, de acuerdo a los planes, sustituir el 10% de la gasolina consumida en el país vecino requerirá concentrar el 43% de toda su superficie agrícola en la producción de este biocombustible. Es la herencia de George W. Bush y su tributo al hasta ahora indomable lobby agrícola norteamericano. Sería inevitable que con el tiempo la producción de etanol en México, igualmente, se apropiara de subsidios gigantescos.
Pero el mayor delirio está en otra parte. La producción de etanol consume cantidades bíblicas de agua, tanto por irrigación (en su caso), como en la transformación de azúcares en alcoholes. La aplicación masiva de fertilizantes es causa, por un lado, de la emisión de uno de los gases de efecto invernadero más potentes (el N2O u óxido nitroso); por el otro, de la contaminación aguda de cuencas hidrológicas y aguas costeras con nitrógeno y fósforo, que generan zonas muertas en el mar y la multiplicación explosiva de episodios recurrentes de marea roja (algas tóxicas). Peor, tal como lo muestra la verdadera experiencia brasileña, la producción a gran escala de biocombustibles de origen agrícola es causa directa o indirecta de un proceso extensivo de deforestación; la caña de azúcar desplaza a la ganadería y a la soya, que a su vez invaden y devastan la Amazonia. Además de todo, ante la perspectiva de recursos hídricos sumamente estresados, una frontera agrícola muy limitada, y una creciente demanda de alimentos por el aumento en la población y el cambio en los patrones de consumo, la producción a gran escala de etanol en México anticipa una nueva e inmisericorde oleada de deforestación. México ¿hasta dónde pretende llegar? ¿No sería más sensato inducir una mayor eficiencia en los vehículos y acelerar la transición hacia los modelos híbridos y eléctricos?
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(El Economista)
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