EN DOS RUEDAS (I).
08.27.08 - Leído 33 veces. Enviar esta notaOpinión de Banjamín de Buen K.
La primera vez que me subí a una bicicleta para ir a trabajar, me sentí Greg Lemond(e). Dejé el auto estacionado en la calle Luis G. de León, Copilco el Alto, mi entonces residencia. Pensé que era un pionero. El rompehielos. Entré a la UNAM por Cerro del Agua y crucé las islas hasta llegar al Estadio Olímpico. Tomé un atajo por el estacionamiento y tras un par de maniobras salí a Paseos del Pedregal. Fue entonces cuando me rebasó un jardinero con la podadora a cuestas y me di cuenta que no estaba solo, que muchas de las más antiguas profesiones de la ciudad se realizan en dos ruedas.
Taqueros, tamaleros, afiladores, jardineros. Todos con bicicletas de una sola velocidad. Todos rebasándome, por el Alp de la calle Cráter, en los dos mil metros de altura de la ciudad de México. Me falta mucho para ganar el Tour, y para llegar a Periférico, donde trabajaba, frente a TV Azteca.
Antes del Gobierno de Ebrard, que solicitó (y desconozco si sigue vigente) que los trabajadores del GDF llegaran en bicicleta a sus oficinas una vez al mes, yo, junto con algún otro valiente, y una horda de hombres de servicio que nos antecedieron a todos, llegaba sudando y apestando a la oficina.
Dejaba la bicicleta con Aaron y Moi, en el estacionamiento donde antes encargaba mi auto. Y en el mismo lugar, detrás de una escalera, me cambiaba el short y la camisa sudada por algo más presentable (aunque no demasiado, ya sentía que podía aportar algo más que buena presentación). Sin embargo, el sudor nunca mentía. Cuando por fin entraba a la oficina del cuarto piso y miraba la frescura de mis compañeros, las mujeres con sus perfumes, el aliño en los trajes, entendía por qué sería difícil que muchos viajaran al trabajo en dos ruedas (sin considerar el estado físico de algunos).
¿Y el clima? ¿Las lluvias? ¿Las inundaciones? ¿No te atropellaron? Una vez me tocó un aguacero. Verano en el D.F.. Salí de la Narvarte con destino Copilco, domingo, 9 de la mañana. Iba en shorts (era domingo) y salí de la casa para desayunar. El desayuno duró todo el día. Cuando dejé la calle de Monte Albán, las calles del Distrito estaban secas. Al llegar al Metro Zapata comenzó a chispear y cuando pasé por debajo de Río Churubusco, el río se desbordaba. Dos cuadras se tardó en inundarse la ciudad ¿qué hace uno? Pedalear más rápido. Con orgullo, sin dejar que el agua humille.
Mis recorridos se hicieron más extensos. Algunas veces tenía que ir hasta la Colonia Morelos por mi trabajo. Queda más allá del Congreso, nuestro H Congreso. En Metro, desde Copilco, el recorrido tomaba una hora y quince minutos. En general funcionaba bien y sin retrasos. Había que caminar unos 15 minutos y hacer dos cambios de linea. En auto, desde Copilco, era algo similar, aunque a veces el segundo piso del Periférico agilizaba este trayecto. Sin embargo, en bicicleta, de Copilco a la Colonia Morelos, sin ser Lance Armstrong, el recorrido dura un poco más de una hora. Y rebasando coches en el tráfico.
Miguel Ángel de Quevedo. División del Norte. Río Churubusco. Plutarco Elías Calles. Todo derecho. Ni siquiera hay subidas difíciles. En los regresos, generalmente de noche, me iba al Zócalo. Llegaba por atrás del Palacio, zona que no conocía, donde realmente no se puede andar, por el tianguis, y luego le daba la vuelta a la Plaza de la Constitución, por puro gusto. Luego Pino Suárez, San Antonio Abad, Tlalpan ¿No te daba miedo? Las prostitutas me miraban a los ojos y levantaban la falda. Sí, a veces sentí miedo.
El día que descubrí que todos los paisanos tienen bicicleta fue la noche del 11 de diciembre de 2006. Quería mostrar a mi entonces y actual novia, cómo peregrinaban los guadalupanos a la Basílica. Guadalupano, por una noche, junto a mi recién y fugaz guadalupana emprendimos el trayecto desde la Colonia Avante a la basílica. Todas las bicis salen esa noche. La única que no se va en bici es Lucero. En plena delegación Iztapalapa a media noche, sobre Calzada La Viga, brotaron fuegos artificiales por todo el cielo. Algo sui generis. Pero más espectacular aún, fue llegar a la Calzada de Guadalupe y ver cómo sería la ciudad si en lugar de autos, todos tuvieran biclas. Tráfico sí. Pleitos, sí. Albures, sí. Le gritaron piropos a mi novia, sí. Le dijeron pájara Peggy, también. Contaminación, no.
Lejos del Distrito Federal, donde me consideraba (aunque no lo fuera) pionero pre-Ebrard de la bicicleta en el D.F., ahora en la ciudad de Melbourne, Australia, he pasado a ser un imberbe, un escupitajo. Pero no importa, tampoco muero por usar licra. Las calles tienen carril de bicicleta. Hay leyes y señalamientos para ciclistas. Hay caminos para ciclistas. La gente que me rebasa rumbo a su trabajo, parece equipada para ganar el Tour y no para subir el Alp du Pedregal. Con luces, con trajes brillantes con bicicletas de primer mundo, veloces como autos. Hasta con zapatito de ciclista.
Continuará…
(Transición Energética)
Enlaces Relacionados


