HAMBRE Y BIOCOMBUSTIBLES
08.2.08 - Leído 27 veces. Enviar esta notaOpinión de Enrique Goldbard
Sumergida ya de lleno en la emergencia que representa el calentamiento global, con el agregado de los altos precios del petróleo y con la presión mediática de los agoreros del desastre energético y ecológico planetario, la sociedad del nuevo milenio se halla repentinamente ante uno de los primeros efectos de una política ambiental, agrícola y energética irresponsable, apresurada y con escaso soporte científico, encaminada a sustituir los combustibles fósiles por otros con capacidad de renovación, los llamados, de manera genérica, biocombustibles. Y no es que el fin por sí mismo, es decir, la reducción de gases de invernadero sea improcedente, sucede que las decisiones políticas que se toman ahora en el contexto de la globalización -sobre todo por países desarrollados- repercuten de manera inmediata sobre la población mundial, más cuando se trata de aquello concerniente a la alimentación de los más pobres.
No podemos fijar la mirada hacia lo que se supone que es la prioridad del momento y, por ello, desviarla de la prioridad histórica. Es inexcusable implementar políticas que aspiren a mejorar las condiciones ambientales no obstante provoquen efectos secundarios que contribuyan -aun en proporción mínima- al encarecimiento de los alimentos y, por lo tanto, al hambre. Además, la proporción es mucho mayor de la que se había calculado -según el Gobierno de EU, 3 por ciento del incremento de los precios de la comida-. Hay quienes opinan que los biocombustibles son culpables de 75 por ciento del aumento de precios, situación que ha empujado a 100 millones de personas por debajo de la línea de pobreza. Varios ministros de países pobres han llamado a este escenario “La primera real crisis económica de la globalización” (The Guardian, 04/07).
Se producen en la actualidad tres tipos básicos de biocombustibles: el etanol (alcohol), el biobutanol y el biodiesel. Brasil y Estados Unidos son los líderes en la producción de bioetanol; mientras el primero lo obtiene de la caña de azúcar, el segundo lo hace del maíz. Una muestra de lo que significa plantar maíz para obtener etanol es el parangón que hace el experto Jeffrey A. McNeeley, director científico de la Unión Mundial para la Conservación: “El grano requerido para llenar el tanque de un auto mediano con etanol es suficiente para alimentar a una persona por un año. Suponiendo que dicho tanque se llenara cada dos semanas, la cantidad de maíz empleada para ello podría dar de comer a una aldea africana todo un año”.
El informe presentado hace unos días por la Agencia de Combustibles Renovables del Reino Unido, dirigida por Ed Gallagher, concluye, entre otras cosas, que es necesaria una desaceleración en la producción de granos para biocombustibles dado que “el desplazamiento de la producción agrícola existente debido a la demanda de biocombustibles precipita el cambio de uso del suelo, circunstancia que de no ser acotada, reducirá la biodiversidad y podrá incluso promover la emisión de gases de invernadero en vez de evitarla”.
Uno de los monstruos ideados, no por la ciencia, sino por algunos grupos ambientalistas, la biotecnología (recordar los transgénicos), puede, ya ahora, perfeccionar la producción de bioetanol, reducir el daño a las tierras cultivables y mejorar la eficiencia en el procesamiento de los biocombustibles.
hgoldbard@prontomail.com


