LA SEQUIA AMENAZA A LOS PUEBLOS ANDINOS
05.20.08 - Leído 36 veces. Enviar esta notaEl lago Titicaca. La contaminación, producto de las poblaciones urbanas, de la actividad industrial y la minería, amenaza una fuente hídrica milenaria que comparten Perú y Bolivia
PERÚ; 20 mayo 2008.- Dicen que es el lago navegable más alto del mundo, que es tan inmenso que se pierde en el horizonte, que desde allí partieron los primeros Incas a fundar un imperio; pero, en realidad, es mucho más.
El Titicaca, fuente hídrica y cuenca compartida entre Perú y Bolivia, es vital para la supervivencia de pueblos asentados durante milenios, como los Aymará y los Quechua. Es donde existen islas y aldeas flotantes, hechas de un junco de agua dulce llamado Totora, habitadas por los Uro, un grupo indígena asimilado al lago que vive a la usanza de sus ancestros.
Más allá del límite de sus orillas, altos camellones de tierra oscura sembrados con docenas de floridas variedades de papas nativas y habas verdes desafían entre profundos surcos las crecidas del lago, doradas espigas de Quinua son cosechadas por los campesinos en labor comunal y cientos de kilómetros de terrazas prehispánicas de productivos andenes agrícolas -que se extienden interminables entre pueblos color terracota-nos hablan de culturas vivas que lograron edificarse a lo largo de los siglos, gracias a la excelencia en la agricultura.
Hay alegría en los campos a puertas del tiempo de cosecha. Es abril, y el fin de las lluvias en los valles dominados por las montañas nevadas de la cordillera Real. Es allí, “donde nace el agua de los Andes”, que vemos cómo las nieves agonizan producto del calentamiento global.
El derretimiento de estas reservas de agua hace suponer el fantasma de la sequía, que amenaza a los pueblos andinos si es que no se buscan urgentemente medidas de adaptación al hecho ineludible, que es la extinción de los glaciares andinos en las próximas décadas. Aquí, la construcción de represas y reservorios, el cuidado de páramos, bosques y cuencas se vuelve impostergable.
A más de 3 mil 800 metros sobre el nivel del mar, el Titicaca, a pesar de que lo domina la pureza y parece un mar, debe enfrentar a otro enemigo más actual: la contaminación, producto de las poblaciones urbanas, de la actividad industrial y la minería.
Es un hecho comprobable que la bahía de Puno, en Perú, se asfixia por mantos verdes de lentejas de agua, que proliferan debido a la contaminación que causan los desagües sin tratamiento de las ciudades de Puno y Juliaca, pujantes y numerosas. Del otro lado de la frontera, su contraparte boliviana, la bahía de Cohana, recibe las aguas negras de cientos de miles de personas que habitan la ciudad del Alto, en la periferia de La Paz, arrojando efluentes sin tratamiento a ríos y arroyos que desembocan en el Titicaca, infectando sus aguas, su naturaleza y su gente.
Ambos ejemplos son preocupantes y han llamado la atención de las naciones hermanas.
Bolivia y Perú, junto a la oficina regional del Programa de las Naciones Unidas del Medio Ambiente (Pnuma), la Autoridad Binacional del Lago Titicaca y la Cooperación Española, han iniciado un proyecto relevante que busca el saneamiento de la cuenca compartida, una acción integral que combinaría el establecimiento de eficientes y estratégicas plantas de tratamiento, la educación ambiental en los pueblos de la cuenca y la actualización de datos científicos.
Es una premisa que, ante la evidente crisis hídrica y climática, el lago debe seguir siendo puro y tratado como lo fue, y es para peruanos y bolivianos un lugar sagrado y respetado, un sitio que requiere de ofrendas y atenciones para seguir bendiciendo a los humanos.
(Agencias)
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