BIOCOMBUSTIBLES, TENTACIÓN Y PENITENCIA
03.10.08 - Leído 88 veces. Enviar esta notaOpinión de Gabriel Quadri de la Torre
La tentación es grande para un deseo insaciable: combustibles renovables que mitigan emisiones de gases de efecto invernadero, y que prometen romper la dependencia a energéticos importados. Además, juran reactivar decadentes economías rurales, y salvar agroindustrias obsoletas manteniendo privilegios corporativos y sindicales. Parece magia. Muchos, además de Bush, han sucumbido a la seducción hipnótica de los biocombustibles. Es hora de despertar ante el chasquido oportuno de los dedos de la revista Science (Searchinger et al. Febrero 7, 2008).
Nuestro Congreso de la Unión aprobó recientemente la legislación para promover los bioenergéticos. Satisfizo a interesados sin hacer cuentas, y sin reparar en costos ni riesgos. Hizo cálculos alegres; Science los echa por tierra. Primero. Los biocombustibles derivados de insumos agrícolas emiten más o menos las mismas cantidades de carbono (gas de efecto invernadero por excelencia) que los combustibles fósiles al ser quemados en motores. Segundo, es verdad que ese carbono es capturado por los cultivos bioenergéticos (maíz, caña de azúcar, palma africana, jatropha) a través de la fotosíntesis durante su proceso de crecimiento, lo que reduciría – en apariencia – las emisiones. Desafortunadamente esta contabilidad es parcial y engañosa; no toma en cuenta ni las emisiones del proceso de producción, y menos, pero más importante, el balance de carbono asociado al uso de la tierra. Es decir, no considera al carbono acumulado y acumulable en los ecosistemas (bosques, selvas, vegetación secundaria, pastizales) o cultivos (alimentos y fibras) desplazados para la producción de biocombustibles, y que sería emitido directa o indirectamente a la atmósfera al reconvertirse los usos del suelo. El resultado neto es considerablemente negativo, extremo en el caso del etanol de maíz norteamericano, y francamente malo en el caso del etanol de caña de azúcar brasileña (lo que contradice las pretensiones del gobierno de ese país).
A través de un sofisticado modelo de equilibrio general, los autores concluyen que el programa norteamericano – promovido por Bush – de biocombustibles aumentará hasta en 40% los precios del maíz, soya y trigo, lo que deprimirá a su vez la producción alimentos de origen animal (dado que el maíz y la soya se utilizan como forraje). Las exportaciones norteamericanas de alimentos se colapsarán entre un 30 y un 60% provocando escasez en países importadores – como México. Los precios escalarán, y los agricultores reaccionarán incorporando nuevas tierras al cultivo tratando de mantener la oferta, ante la inelasticidad de la demanda de alimentos. Esto precipitará una nueva oleada de destrucción de bosques, selvas y humedales. Estudios rigurosos confirman que el alza en los precios – por ejemplo – ya ha acelerado la destrucción de la amazonia brasileña.
El modelo usado por los autores del artículo de Science pronostica que el programa norteamericano de producir 56 mil millones de litros de etanol en el 2006 (1.5 veces el consumo actual de gasolinas en México) acarreará el desplazamiento y/o deforestación de 2.8 millones de hectáreas en Brasil, 2.3 millones de hectáreas en China y la India , y 2.2 millones de hectáreas en los EEUU, aún considerando aumentos importantes en rendimientos y productividad agrícola. Peor todavía: si se intenta controlar la deforestación y la apertura de nuevas tierras al cultivo (algo remoto), el aumento en los precios de los alimentos será aún mayor por las restricciones físicas en la oferta, y por tanto, las penurias nutricionales de los más pobres serán exacerbadas.
Los biocombustibles agrícolas son una tentación seductora, pero el pecado es mortal, y la penitencia inmediata y fulminante.
gquadri@sigea.com.mx
(El Economista)
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