LEJANAS TUNDRAS. LA ENERGÍA ACUMULADA
03.4.08 - Leído 79 veces. Enviar esta notaEl manto alado del sur, Debido a las construcciones sin asesoría se podría romper la Red Hemisférica de Aves Playeras
INTERNACIONAL; 4 marzo 2008.- Las playas del litoral –desiertas aún de humanos, pero cubiertas por un manto alado de pequeños playeros, gaviotas, ostreros, chorlitos y rayadores– bullen de actividad en la mañana. Millares de picos escarban la húmeda arena en busca de moluscos y crustáceos, danzando graciosamente al ritmo de la marea.
Muchos de estos seres heroicos, después de un recorrido que parte desde las lejanas tundras cercanas al Círculo Ártico, llegan a las costas de Sudamérica, pasando por varias estaciones de tránsito que cuentan con grandes recursos alimentarios.
Año tras año hacen escala en Asia, repitiendo su recorrido anual de 16 mil kilómetros (km) de ida y otros tantos de vuelta, a una velocidad promedio de 80 km por hora, en increíbles distancias de hasta 5 mil km sin escalas. Aquí almacenarán grasas para acumular las energías asimilables por sus organismos, manteniéndose estacionarias durante el tiempo suficiente para doblar su peso y poder seguir, por corredores aéreos, con sus agotadoras jornadas intercontinentales de tres a cuatro días sin parar. Lo que suceda en las estaciones terrestres de tránsito será vital para su supervivencia. El drenaje para la agricultura y las urbanizaciones que se edifiquen sin el asesoramiento de especialistas, como biólogos marinos y ornitólogos, podría ocasionar, en muy corto plazo, una ruptura irreparable en la gran Red Hemisférica de Aves Playeras.
Mediodía. Una vez más, los vientos alisios empujan hacia la costa una masa gris y sólida de niebla nacida mar adentro. Solo por unas horas, el crudo invierno limeño da tregua al tibio sol de junio, para que el hombre aprecie este paisaje rudo e indómito. Las islas de Asia, Guanillos, Dos Hermanas y los islotes que las rodean, van ocultando sus secretos, y el litoral se torna una silueta de casas y arboledas que desafían al desierto.
Aquí, el ser humano ha modificado el paisaje ancestral del valle dominando su sequedad, dotándolo de parches verdes que demarcan su propio hábitat, un gran oasis. Esta franja costera que se extiende al norte hasta Malpaso y al sur hasta Chocalla, se ve custodiada al este por las primeras estribaciones cordilleranas que se elevan monumentales hasta alcanzar las extensas pampas altoandinas.
En ese reino de cielos temperamentales y vientos vertiginosos, algún cóndor se apresta a partir desde su nido enclavado en alguna abrupta quebrada. En su búsqueda, podrá llegar hasta las costas de Asia en busca de carroña o placenta de lobo marino para alimentar a sus polluelos, en una maratónica jornada de ida y vuelta.
Una vez satisfecho, sobrevolará en círculos ascendentes el desierto viviente hasta que las siluetas de las islas se vean diminutas en el mar acerado, y la geometría de casas y calles se esfumen en la bruma.
(Cortesía Fundación Albatros)
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