BIOENERGÉTICOS, PEOR QUE LA ENFERMEDAD
02.19.08 - Leído 109 veces. Enviar esta notaOpinión de Gabriel Quadri de la Torre
Los bioenergéticos (combustibles de origen vegetal) apuntan a ser un remedio de consecuencias lamentables para problemas de complejidad sin precedente: la seguridad energética y el calentamiento global. El tema para México es aparentemente seductor, por tres razones. La primera es el agotamiento del petróleo y nuestra próxima transformación en importadores netos de hidrocarburos. La segunda, es el imperativo de asumir compromisos claros de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero en el contexto del régimen que vendrá después del Protocolo de Kyoto, cuando éste expire en 2012. Curiosamente, las dos fechas fatales casi coinciden. La tercera es la sempiterna tentación de tratar de salvar al campo mexicano de su rezago congénito.
Hay otra fuente de interés por los bioenergéticos: la demanda creciente en los Estados Unidos, en Japón y en países Europeos, quienes en forma imprudente – movidos por el cabildeo de sus poderosos agricultores – han establecido cuotas a cumplir y esquemas obscenos de subsidio al etanol y al biodiesel. El lobby corporativo agrícola mexicano ha percibido la oportunidad, y ha desplegado sus capacidades de presión política, tratando de empujar a nuestro país al frenesí de los biocombustibles. Que Pemex compre biocombustibles, o bien, que se exporten. Parece que lo logra; la ley de promoción de bioenergéticos fue aprobada por la Cámara de Diputados, y espera en estos días la sanción del Senado.
Pero debe advertirse a voz en cuello que los bioenergéticos plantean riesgos mayores que los problemas que pretenden resolver. Hoy en día el etanol y el biodiesel representan apenas el 1% del total de los combustibles automotores consumidos en el mundo. Estimaciones de la IEA proyectan que en las condiciones más optimistas podrían sustituir para mediados del siglo un 13%, suponiendo avances notables en la tecnología de producción y en la disponibilidad de tierras, e incluyendo a los biocombustibles llamados de segunda generación obtenidos no de alimentos sino de materiales vegetales celulósicos (madera, residuos agrícolas, pastos). Tales volúmenes apenas contribuirían a reducir un 3% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero; tampoco mitigarían los problemas estratégicos de soberanía energética. Pero los costos serían formidables: en el orden de 500 dólares por tonelada reducida de CO2 de acuerdo a cálculos de la OCDE , y sólo por los subsidios necesarios. Esto resulta totalmente irracional a la luz del mercado de carbono.
Peor aún, los biocombustibles inevitablemente competirán por tierra, fertilizantes y agua con la producción de alimentos, aumentando rentas y precios de manera exorbitante; en un contexto mundial y nacional caracterizado por la ocupación casi absoluta de las áreas susceptibles de aprovechamiento agropecuario. De hecho, la FAO estima que los precios de los alimentos se incrementarán entre un 20 y un 50% de aquí al 2016, impulsados al igual por una demanda que crece exponencialmente en China y en la India. Sin duda, la espiral de competencia hará más costosa la producción de bioenergéticos, más todavía, ante precios del petróleo siempre en aumento; recuérdese que la producción agroindustrial tiene un alto contenido de combustibles fósiles. La viabilidad económica de los biocombustibles está limitada por su propia interdependencia con el petróleo y los alimentos. También competirán deslealmente con la conservación de la biodiversidad. Los biocombustibles presionan al alza la renta de la tierra, y con ello, la deforestación en regiones tropicales, las más amenazadas y de mayor riqueza biológica en el planeta.
México no escaparía a este circuito perverso de acontecimientos.
gquadri@sigea.com.mx
(El Economista)
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