ATRACCIONES EN PELIGRO SON TURISMO DEL ADIÓS
01.8.08 - Leído 60 veces. Enviar esta notaDennis y Stacie Woods, matrimonio de Seattle, escogen sus destinos vacacionales con base en lo que temen esté condenado a la destrucción
QUITO, Ecuador; 8 enero 2008.- Este mes, optaron por un viaje para acampar y practicar kayak en las Islas Galápagos. El año pasado, fue una estancia en una cabaña remota en el Amazonas, y antes de eso, una escalada en el Monte Kilimanjaro.
“Queríamos ver las islas este año”, señaló recientemente Woods, abogado, en el lobby de un hotel, en Quito, “porque pensamos que su situación sólo va a empeorar”.
La visita al Amazonas fue “para tratar de verlo en su estado natural antes de que sea convertido en un rancho ganadero, sea talado o desaparezca por la quema”, dijo Woods. Querían ir a Kilimanjaro para ver el amanecer en la cima más elevada de África antes de que se derrita su capa de hielo, como algunos meteorólogos afirman sucederá en el transcurso de los próximos doce años.
El siguiente destino en su lista: el Ártico, antes de que desaparezca el hielo.
Los Woods son parte de una tendencia viajera que Ken Shapiro, director editorial de TravelAge West, revista para agentes de viajes, llama “Turismo del Adiós”.
“No se trata simplemente de ir a un lugar exótico”, comentó Shapiro. “Se trata de ir a un lugar que anticipan habrá desaparecido en una generación”.
Desde el trópico hasta los campos de hielo, la extinción es un gran negocio. Quark Expeditions, líder en viajes árticos, duplicó la capacidad para su temporada 2008 de viajes a los extremos norte y sur del planeta. Los agentes de viajes reportan que cada vez más, los clientes piden viajes para ver los glaciares en vías de derretimiento de Patagonia, el coral amenazado de la Gran Barrera de Coral, y los atolones en erosión de las Maldivas, señaló Shapiro.
Todo esto es un ardid, aseguró John Stetson, vocero para la Fundación Will Steger, organización de educación medioambiental en Minnesota. “El ecoturismo es más un término para el mercadotecnista”, expresó.
“Muchas personas quieren hacer lo que es correcto, así que cuando algo es promocionado como lo correcto, tienden a hacer eso”, dijo.
Sin embargo, afirmó, viajar por jet para ver los icebergs contribuye al calentamiento global, lo que hace que los icebergs se derritan más rápido. “Es difícil criticar a alguien que quiere ver algo antes de que desaparezca, pero es desafortunado en el sentido de que en su intento de hacer eso, contribuyen al problema”, externó.
Incluso el hundimiento del crucero antártico Explorer, que chocó con un iceberg en noviembre, no ha enfriado el interés. Otros operadores de tours antárticos manifiestan que han recibido llamadas desesperadas para pedir camarotes de última hora de personas que tenían programado tomar viajes futuros en el Explorer. Debido a que la mayor parte de los recorridos ya tenía cupo lleno, están siendo rechazados los clientes potenciales.
Lo que buscan estos viajeros podría ser una versión contemporánea de un viejo impulso humano -contemplar una frontera virgen. Salvo que esta vez, en lugar de ser los primeros en subir una montaña o presenciar un lago alimentado por un glaciar, viajeros como los Woods están ansiosos por ser quienes ven las cosas por última vez.
Casi todos estos viajes son promovidos como medioambientalmente conscientes y ecosensibles. Sin embargo, la industria del turismo, indican algunos medioambientalistas, se aprovecha del frenesí. Este tipo de viajes, argumentan, difícilmente es verde. Es codicioso, ya que requiere de aviones y barcos, al igual que de hoteles nuevos.
Por bien intencionados que sean, estos viajeros podrían acelerar la destrucción de los mismos lugares que buscan ver.
No obstante, el debate medioambiental dista mucho de estar resuelto. Lo que es claro es que apelar al ego humano sigue siendo una maravillosa herramienta de venta para casi cualquier producto.
“El turismo de la extinción tiene mucho tiempo de estar con nosotros”, dijo Jonathan Raban, escritor de viajes, vía telefónica desde su hogar en Seattle. “Tiene que ver con que el mundo está echado a perder y del impulso de la industria del turismo de vendernos la idea de ir a esos lugares antes de que sea demasiado tarde, antes de que otras personas los estropeen.
“Pienso en la apertura del Oeste de EU por los ferrocarriles, ayudada por pintores imperdonables como Albert Bierstadt, que vendieron esa versión idílica del prístino Oeste poblado sólo por venados y sus crías e indígenas pintorescos. La gente del Este se precipitaba para llegar allí antes que los mineros, quienes lo iban a arruinar, y antes de que otros turistas empezaran a pisotearlo”.
En ese entonces, las imágenes eran de géiseres y anocheceres en las Montañas Rocosas salpicadas de antílopes. El preocupado viajero, motivado por sitios promocionales en internet que muestran fotos de nativos sonrientes con pintura facial y bandadas de exóticas aves llenas de color, se apresura a visitar el vulnerable Amazonas. Sin embargo, este turista no vivirá sin comodidades: lo esperan cabañas con pisos de bambú, donde hay regaderas con agua caliente cortesía de la energía solar y se puede ver tucanes desde torres de observación provistas de escaleras.
A un precio de cientos de dólares o más por noche, la gente definitivamente quiere agua caliente y otras comodidades.
En noviembre, la revista Travel & Leisure publicó un número sobre “viajes responsables” y enumeró en su reportaje de portada “13 viajes libres de culpa”, en donde el número 5 era un paquete a la selva tropical Inkaterra, en Perú. Por 497 dólares por persona, incluía una estancia de tres noches en una cabaña sobre pilotes, una excursión a la reserva ecológica privada del hotel, un recorrido en barco a una granja nativa y un masaje de 30 minutos en el spa del hotel.
Un “paquete Serengeti Verde”, en Tanzania, costaba desde 836 dólares por noche por persona, con todas las bebidas “excepto champaña”.
“Desde mi óptica”, dijo Nancy Novograd, editora de Travel & Leisure, “viajar a Mongolia ahora es casi un cliché. El verano pasado, parecía que todo mundo iba a Mongolia. La barra sigue colocándose más y más alto”.
(The New York Times)
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