EL BOSQUE EN LA CIUDAD
08.30.07 - Leído 263 veces. Enviar esta notaDurante la caminata (o más bien caminada de un kilómetro o poco más) en el circuito, en uno de los microjardincitos aledaños a los edificios más altos, vislumbro a dos colibríes revoloteando, jugueteando, tal vez cortejándose en torno a un arbusto
MÉXICO, D,F; 30 agosto 2007.- Mis conocimientos de ornitología son suficientes para indicarme, tras unos segundos de perfectamente inmóvil observación, que no puede tratarse de chupamirtos porque a) éstos no frecuentan los arbustos y b) no vuelan como pájaros “estándar”, que éstos sí son.
¡Son dos pajaritos estándar chiquiticos!, como dirían los antillanos. La idea de que son dos hermanitos en su primero o segundo o tercer vuelo me encanta. ¡Qué pródiga en bellas o por lo menos bonitas sorpresas es la naturaleza!, incluso aquí en mi conjunto habitacional.
Cientos de metros más adelante, me detengo bajo las jacarandas -¡aún floridas!- y observo dos pájaros de la misma especie de hace un rato (plumaje café grisáceo claro con vivos rojos en el pecho, me parece) que entre dos coches estacionados en batería pegan salticos frente a frente, como si bailaran una especie de jarabe tapatío o, más bien, un son huasteco. Son un poco mayores que sus congéneres de toute ˆ l’heure y se divierten (valga la consabida expresión) como enanos. Los observan otros cuatro congéneres de porte más adulto, como verificando sus avances en el arte de la danza pajaril.
¿Acaso soy el único testigo humano de una animada danza iniciática o preconyugal en la que no sólo llevan a cabo con sus patitas un elaborate footwork, sino que además mueven sus hombros (sus alas ceñidas al cuerpo) como en una especie de mambo?
Lo soy… y cuando se dan cuenta, uno de los danzantes vuela hacia una rama del otro lado de la calle, acompañado por dos de los testigos adultos, mientras que el otro bailarín se para en una rama cercana a mí y parece que se me queda mirando; el tercer testigo conserva su lugar en la acera y el cuarto aterriza en el techo de un Renault Clío.
Permanecemos así unos segundos, hasta que decido seguir con mi caminada, y ellos se echan a volar. Me siento todo un bird-watcher. Me da risa el Discovery Channel.
Anoche, de improviso, se desató un viento furioso que zarandeó los árboles de norte a sur, y luego se soltó una tormenta de lluvia abundantísima y ensordecedora, pero sin relámpagos.
Me imagino que, como yo, todo el mundo se preguntaba si con esta desmesurada exhibición de furia eólica e hidráulica, digna de novela de Conrad, daba comienzo la época de lluvias, que es la temporada más claramente distinguible en esta ciudad. Por bella y conmovedora que sea la llegada de la primavera, no produce el asombro y agradecimiento que infunde su arribo en climas más fríos: aquellas flores que nacían de la nieve misma en Yugoslavia, por ejemplo; o el ir quitándose el abrigo o en todo caso el impermeable en Londres o París.
El otoño, aquí, no es de llamar mucho la atención. Sin duda, hay hojas en las calles, pero son muchos los árboles con hojas perennes, de modo que lo único característico -aunque ciertamente inolvidable- son las noches de luna de octubre, que son (como dice la canción) “las más hermosas”.
El invierno es benigno. Sólo el verano, con sus aguaceros espectaculares, destaca por su dramatismo en las estaciones de la ciudad. Me imagino que habrá desaparecido gran parte de las flores de jacaranda, ese regalo -como el pirú, pirul o árbol del Perú- que nos hizo Sudamérica. De por sí las hojas, que cayeron para dar paso a la flor, ya están repoblando casi íntegramente las ramas.
Lo mismo sucede con los colorines. Las flores se secan y se caen ya; las hojas regresan. Me es mucho más difícil observar a los colibríes desde mi ventana.
He logrado rebajar mi tiempo de circuito de 35 a 20 minutos, pero no logro reducir este cronometraje. Trato de que no me moleste mucho, pero me molesta. Necesito deambular en una naturaleza más real que estas especies de “muestras gratis” que me deparan los alrededores de los edificios.
Tengo muchas ganas de encontrarme con Mi Árbol, si es que ha sobrevivido y lo reconozco luego de tanto tiempo; de oler la tierra mojada; de observar la fauna humana; de tomarme un vampiro en Los Jugos de la Güera.Poco a poco, poquitito a poquitito, conforme decaía mi cuerpo, dejé de ir al Bosque. Me urge volver. Me he vuelto un prisionero de mi apartamento, mi universidad, las casas de los amigos, los cines cercanos y los taxis. Hace tiempo que ni siquiera a los museos voy.
(Hace dos o tres días recordé de súbito los primeros síntomas de la descompostura de mi columna vertebral: aquellos dolores agudos y aquella fatiga tremenda que me aquejaron en 1989, en Hungría, Serbia y Bosnia. Recuerdo sobre todo el padecimiento en Budapest y Mostar: detenerme sin fuerzas a la mitad de uno de los puentes entre Buda y Pest; estar sentado, presa del agotamiento, en un café a la vista del Viejo Puente, el Stari Most, que unía al barrio croata y el barrio bosnio y luego destruyó la guerra -y luego reconstruyó la UNESCO.)
(Para aquel viaje yo había llevado unos zapatos toscos y más o menos pesados que aguantaron el maltrato de las caminatas y los rigores del clima. Desde entonces sólo utilizo calzado muy ligero.)
Se me olvidaba un momento muy hermoso de la primavera local: antes del florecimiento de las jacarandas, el de los duraznos. Me acuerdo del asombro y la emoción con aquel árbol, en mi dúplex de Calzada de Tlalpan, en los 80, que medía unos cuatro metros de alto y que nunca daba duraznos, pero nunca dejaba de atiborrarse de flores.
Los amigos venían a verlo. La gente entonces tenía tiempo (aunque tuviera hijos) para ir a mirar un durazno y tomarse unas chelas (que se llamaban cheves) e improvisar algo delicioso para comer.
No es que yo fuera joven -ya tenía más de 40 años-, pero ese durazno lo recuerdo como uno de los símbolos de mi juventud muy prolongada. En cierta forma, la juventud de mi cuerpo terminó hace sólo dos años y medio, cuando se volvieron patentes mis problemas de locomoción. Y no me interesa volver a la juventud, sino recuperar algo de mi salud.
En fin, éstas son cuestiones personales. Cierro por hoy con una nota semántica: leyendo Salammbó de Flaubert, de pronto me topé con la palabra nopals para denotar probablemente los nopales.
Los hechos suceden en una Cartago siniestra y fabulosa (y cómica, hay que decirlo) de tiempos anteriores a la famosa frase “Delenda est Cartago” para significar que Roma debía destruir a su inveterada enemiga. Los hechos, pues, suceden en lo que hoy en día es Túnez, donde yo jamás he puesto pie, pero que el buen Flaubert sí visitó; su frase parece describir un paisaje altiplánico mexicano: “Ils rampaient le long des clótures de nopals qui bordaient les sentiers” (p. 769 del volumen I de la Pléiade). En otras palabras: “Se arrastraban a lo largo de las cercas de nopales que bordeaban los senderos”.
¿Serían verdaderos nopales, con sus tunas o higos chumbos? Consultado el Petit Littré, hallo que éste efectivamente consigna el vocablo nopal con la siguiente equivalencia: cactier, es decir, cacto. Zanjando definitivamente la cuestión, el Garnier fija la traducción de la voz francesa nopal de la siguiente manera: “nopal, chumbera”.
Todo queda claro, pues: los nopales de los que habla el insigne inventor del mot juste, de la palabra justa o precisa, son efectivamente nopales. Lo malo es que, según creo recordar, el nopal se afinca en el Mediterráneo sólo después de la conquista de México, Aztec export como el jitomate, el guajolote y el chocolate. De modo que los personajes de Flaubert no podían andar reptando por la nopalera, palabra que el susodicho Garnier vierte al francés como “terrain planté de nopals”.
Todos estos años, cada (rara) vez que un francés usaba la palabra “nopal”, yo creía que usaba una palabra mexicana, y no un vocablo franchute hecho y derecho.
Cuando yo estaba en secundaria, en la Avenida Mazatlán vivían dos hermanos que tenían un enorme cuarto de juegos que incluía mesa de ping-pong, una canasta de basquet y un escenario lacustre y montañoso de por lo menos tres por tres metros, con túneles y trenes y fortificaciones y cañoncitos, en el que escenificaban batallas para la increíble cantidad de soldados de plomo que habían heredado de su padre, abuelo y bisabuelo, y que acrecentaban constantemente.
Cierta tarde quise poner entre mis soldados napoleónicos a un batallón de poilus de la Gran Guerra, y mis amigos se mofaron de mí, diciéndome que la ocurrencia incurría en un anacronismo. Eso es lo que le pasó a Flaubert con sus nopales.
Adelanto de El bosque en la ciudad, de Héctor Manjarrez, editado por ERA
(Reforma)
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