DONDE NACE EL CIELO
08.30.07 - Leído 190 veces. Enviar esta notaOpinión de Homero Aridjis
Cuando Sian Ka’an estaba en el ojo del huracán, Dean se impactó en Yucatán la madrugada del 21 de agosto, a 40 kilómetros al sur de la reserva. Sian Ka’an sufrió daños. De nivel cinco, con vientos de 240 kilómetros por hora, Dean fue el tercer huracán de la cuenca del Atlántico del norte más fuerte en tocar tierra, y el primero de los ocho pronosticados para esta temporada. La palabra hurakán en el Popol-Vuh, libro sagrado de los mayas Quiché, significa “de una sola pierna”, es el dios “Corazón del Cielo”, que gobierna truenos, rayos, vientos y tempestades.
Hace 15 años, en un Volkswagen, llegamos mi esposa Betty y yo a Sian Ka’an, “Donde Nace el Cielo”. La Reserva de la Biosfera Sian Ka’an, establecida en 1986 y localizada en el estado de Quintana Roo y en la Península de Yucatán, es la tercera reserva más grande de México, con 528 mil 147 hectáreas de selvas, sabanas, manglares, ciénagas, petenes, cenotes, cayos, ojos de agua y arrecifes coralinos. Su barrera arrecifal tiene 110 kilómetros de longitud y es la segunda más larga del mundo. Abriga a mil 48 especies de flora y 2 mil 161 especies de fauna marina y terrestre, tanto residentes como migratorias. La primera impresión que se tiene de esta reserva es que si su nombre en maya corresponde a la realidad, entonces el cielo nació en el agua.
Cuando dejamos atrás los últimos restaurantes y el arco que marca la entrada a la reserva, observamos el paso de unos cangrejos tan camuflados que parecen hechos de arena. Sorprendidos por el ruido del coche, los crustáceos se quedan petrificados en el camino antes de perderse en la vegetación. A lo largo del litoral costero, vemos diferentes tipos de palmas. Entre ellas la chit, con sus hojas abanicadas y sus flores marfilinas. En la selva, luchando con los otros árboles por alcanzar la luz, crece hasta 11 metros, pero en las dunas, junto al mar, a no más de seis. La demanda de la chit ha aumentado por el desarrollo turístico de Quintana Roo, porque sus hojas son tradicionalmente usadas por los mayas para construir los techos y las paredes de sus casas, y porque los dueños de hoteles y restaurantes las usan en las palapas.
Notamos las cavidades que han hecho los pájaros carpinteros en los troncos de las palmas, sobre todo en aquellas que ha matado el amarillamiento letal, enfermedad que nadie sabe cómo detener antes de que acabe con los cocos. Delante de nosotros observamos una zorra gris, una iguana de verdor brillante; un cenzontle tropical que puede imitar la voz de gallinas, loros y perros vuela de un árbol a otro.
En laguna Boca Paila iniciamos el recorrido por un canal entre formaciones de manglares e islotes de retenes. De las cuatro especies de manglar de la península, el más difundido es el mangle rojo, xtapche, en maya. El experto en humedales Juan José Morales lo compara a una araña descomunal por sus largas raíces curvas y aéreas, las que fuera del agua surgen en todas direcciones del tronco y de las ramas. Afianzado en el suelo fangoso, con sus múltiples patas superpuestas, el mangle rojo parece un animal fantástico varado en el agua. Los manglares son el principio del mar, dice un pescador de Isla Mujeres, porque de su riqueza biótica depende en gran medida la vida en mar abierto.
La lancha avanza entre canales. El agua cafesosa, como producida por una infusión de hojas de té, se debe a los manglares. Las burbujas en la superficie son indicación de que el agua respira. Una cerceta de alas azules o pato maxix, en maya, se esconde entre los carrizos. Este pato se caza excesivamente en las ciénagas del norte de Yucatán. Las nubes en el horizonte circundan la laguna como un anillo de ovejas. Descubrimos una garza blanca, volando con la cabeza hacia atrás. Esta garza casi se extinguió a principios del siglo XX por el empleo de sus plumas en sombreros de dama.
Escuchamos la voz de un turpial de agua. Los brazos de los manglares forman en el agua urdimbres, esculturas de carrizo, coronadas de hojas. Aparecen las orquídeas y las bromelias. Un zopilote negro, en maya Ch’om, busca carroña. Avizoramos un ibis blanco, con el cuello extendido. Y más aves: una garcita verde, un martín pescador, un mosquero cejiblanco. Sobre el tronco de un mangle descubrimos una bola de más de un metro de diámetro, es un termitero. Un oso hormiguero trata de romper con las garras el duro nido y con la larga lengua pegajosa sacar del interior los insectos que devoran la madera muerta.
Punta Allen es un pueblo de pescadores a primera vista feo y pobre. Su hermosura está en la Bahía de la Ascensión y en la selva El Ramonal. A tres kilómetros de distancia se hallan los arrecifes. Víctor, un pescador, acepta llevarnos en su lancha por la bahía, famosa por su langosta. Sus bocas dan hacia el mar abierto, posee un arrecife coralino y está rodeada de manglares y pantanos. Antes se veían manatíes, delfines y nutrias. No vemos uno solo. Tampoco vemos al jaguar, al puma, al tigrillo, al ocelote, al jaguarundi, al tapir, al mono araña. Vemos cinco pelícanos, una garza, un cormorán y una barracuda. De su nido en un manglar sobresale la cabeza blanca de un águila pescadora, con la banda negra a través de los ojos. En la orilla hay cocodrilos. Estamos en un canal entre manglares. El agua se vuelve verde lechoso. “A la derecha garzas blancas, a la izquierda un águila pescadora, allá un cormorán a la derecha; más allá un garzón nocturno, una tortuga de río, un pato cucharón, garcetas verdes, un espátula rosa, un gavilán gris”. Víctor ve todo rápidamente, acostumbrado a escrutar el aire y el agua. Nos orillamos, el fondo es bajo, estamos en Quitacalzón. Siguiendo a un halcón entramos al Cayo de Yuyum.
“Se ha muerto mucho el mangle, está deteriorado, hay mucho seco. Éste está lleno de patos cuchara”, dice Víctor frente a uno. Adentro se oye el claqueo, el golpeteo de alas. “También aquí anidan los pelícanos. En temporada es habitado por espátulas. En enero se vieron colonias de flamencos”.
Comienza una tormenta. Rayos de sol se filtran a través de las nubes negras. En la lejana orilla nos espera el vehículo para llevarnos a Playa del Carmen. Bañados por goterones tibios, levantada la lancha por el oleaje, presenciamos el espectáculo de la tormenta. Sin rayos.
La lluvia pasa. El viaje ha terminado. Los peligros que acechan a Sian Ka’an saltan a la vista. Pero aún es posible conservar bien la reserva. El 94 por ciento de la tierra es propiedad federal, 3 por ciento comunal y 3 por ciento en manos privadas. La explotación del chicle fue una de las actividades tradicionales en la zona; a partir de 1935, se autorizó que particulares cortaran cedros y guayacanes y ahora están en peligro de desaparecer. Otras amenazas son la contaminación del agua por hidrocarburos, la introducción de especies exóticas, los incendios intencionales y el turismo excesivo.
Aristóteles decía que la naturaleza aborrece el vacío, pero más bien lo que el horror vacui impulsa es la voracidad humana que no tolera la existencia de una playa sin hoteles y casas, de una selva sin caminos pavimentados, de extensiones de arena reservadas para la anidación de tortugas marinas. En internet abundan las ofertas y fotos de playas entre Mahahual y Xcalac, ya fraccionadas para venderse en lotes. No hay duda de que el horror al vacío llegará a los limites de la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an, lo que hace imperiosa la protección estricta de este magno tesoro de la naturaleza, declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO hace más de 20 años.
(Reforma)
Enlaces Relacionados


