¿DE QUIÉN ES EL POLO NORTE
08.30.07 - Leído 219 veces. Enviar esta notaOpinión de Gabriel Guerra Castellanos
Ésta, queridos lectores, sí que es la nueva Guerra Fría. Rusia, Canadá, Dinamarca, Noruega y Estados Unidos se preparan para disputarse la propiedad del Polo Norte y de buena parte del Ártico.
Si hace tiempo alguien nos hubiera dicho que el Polo Norte sería objeto del primer conflicto territorial entre países desarrollados en el nuevo milenio, la única respuesta posible habría sido la risa. Cubierto por una espesa capa de hielo por los siglos de los siglos, el Polo no tenía ningún atractivo debido a su lejanía, clima y sus características naturales.
Hay mejores lugares para pasear en trineo, para chocar contra un iceberg o para convivir con Inuit, y son pocos todavía los operadores de tours que pueden programar excursiones, suponiendo que existieran clientes interesados en la travesía.
Más conocido como sede del taller y la casa de Santa Claus, el Polo Norte era hasta hace muy poco más generador de fantasías infantiles que de discusiones serias entre adultos, ya no digamos de posibles conflictos internacionales.
Recientemente, Rusia ha enviado varias misiones al Ártico con fines científicos o de exploración, y también con un claro objetivo político-propagandístico, como en el caso de la que plantó la bandera rusa en el fondo del mar, abajo de la gruesa capa polar.
Desde el 2001 Rusia reclama para sí casi medio millón de millas cuadradas (460 mil para ser exactos) de superficie en el Ártico.
La respuesta danesa no se hizo esperar, calificando el ejercicio ruso de la bandera submarina como una “broma veraniega” y descalificando las pretensiones territoriales rusas mientras que la ONU no se pronuncie al respecto.
Ya Dinamarca había realizado su propia expedición el año pasado y tiene otras dos planeadas para el 2009 y el 2011.
Mientras tanto, la Guardia Costera estadounidense acaba de enviar un rompehielos a realizar operaciones de mapeo de la superficie submarina, aunque subrayando que la misión no tiene implicaciones políticas y que no se trata de una respuesta a la expedición rusa.
Tal vez la acción mas directa y la mas airada ha sido de Canadá, cuyo Primer Ministro Stephen Harper viajó personalmente al Ártico para reafirma la soberanía canadiense sobre el así llamado Pasaje del Noroeste, que conecta a los océanos Atlántico y Pacífico a través del Ártico, a la vez que anunció la construcción de ocho rompehielos y un puerto de aguas profundas en la zona.
Se sabe que Canadá esta invirtiendo cerca de 70 millones de dólares en un proyecto de mapeo de la superficie submarina en la “Cordillera Lomonosov” en el Ártico.
¿A que se debe todo este ajetreo e hiperactividad? Si le hacemos caso a los gobiernos involucrados, todas estas expediciones habían sido planeadas desde hace tiempo y solamente responden al interés científico.
Algunos, como Rusia, son más francos y más directos: pretenden reclamar una parte de esas aguas hasta ahora consideradas internacionales con base en una Convención de las Naciones Unidas que data de 1982 y que se refiere a las aguas territoriales, mejor conocida como Derecho del Mar, una de las más completas del derecho internacional, con 320 artículos que se refieren a cada detalle imaginable relacionado con asuntos marítimos.
Cuenta con cerca de 160 Estados firmantes, con algunas ausencias notorias y significativas, como veremos más adelante.
Entre otras cosas, la Convención Marítima de la ONU establece dos límites territoriales para las naciones costeras: el de 12 millas náuticas, conocido como mar territorial y el de la zona de exclusividad económica, que comprende 200 millas náuticas. Además establece que si una nación puede comprobar una conexión física entre la superficie submarina y la territorial, es decir, si existe una extensión geológica entre ambas, entonces el mar territorial y la zona exclusiva se extienden proporcionalmente.
Es ese el asunto formal, ya que si Canadá, Dinamarca, Noruega o Rusia pueden comprobar que existe una extensión física de su plataforma continental, aunque esa sea submarina, entonces sus aguas territoriales y su zona exclusiva se contarían no a partir de sus costas, sino a partir de la superficie submarina que esté conectada geológicamente con su territorio.
Los rusos y los canadienses son tal vez los más avanzados en sus reclamos, si bien no existe aún fundamento científico universalmente aceptado para dar por buenas sus aspiraciones. Dinamarca y Noruega buscan establecer sus propias bases científicas.
Lo cierto hasta el momento es que todas estas actividades de exploración tienen un propósito que va más allá de la ciencia: buscan establecer un precedente legal para poder reclamar para si porciones gigantescas del Polo Norte. ¿Y las prisas? Porque de acuerdo con el citado Derecho del Mar, cada país tiene un plazo de diez años a partir de haberla ratificado para poder hacer un reclamo.
En lo que es una colosal ironía, Estados Unidos no puede hacer lo propio ya que aún no ratifica la multicitada Convención, fiel a su frecuente costumbre de ignorar convenios internacionales por temor a perder derechos que cree propios o adquiridos. Así que mientras que decide si quiere o no ratificar la Convención para el Derecho del Mar se ha tenido que consolar con llamados a considerar las aguas (o los hielos) del Polo Norte como ‘aguas internacionales’.
Obviamente todas estas recientes aspiraciones tienen que ver con dos temas centrales para el debate: por una parte existe la presunción, basada en estudios científicos, de que la superficie submarina del Ártico contiene riquezas minerales extraordinarias. De acuerdo a algunos cálculos, hasta una cuarta parte de las reservas energéticas del mundo están ahí, enterradas bajo una gruesa y hasta ahora impenetrable capa de hielo.
Eso nos lleva a la segunda razón de fondo para todo el ajetreo: el cambio climático del que algunos todavía dudan ha hecho mucho más accesible el Ártico, derritiendo buena parte, lo que quiere decir que la brecha entre la exploración científica y la posible explotación económica del lecho marino no es tan grande ni tan profunda como creíamos.
Los científicos y los políticos podrán debatir todo lo que quieran acerca del cambio climático, pero la mejor evidencia esta en la loca carrera por el dominio del Polo Norte.
(Reforma)
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