¿MÁS IMPUESTOS A LA GASOLINA?
08.27.07 - Leído 137 veces. Enviar esta notaOpinión de Gabriel Quadri de la Torre
El consumo de gasolinas en México crece a tasas cercanas al 5% anual, como resultado de la expansión del parque vehicular, y de la proliferación de camionetas monstruosas, legales e ilegales (el estilo narco ha sido asimilado exitosamente en las preferencias de muchos consumidores). Dadas las restricciones constitucionales que impiden la inversión y la coinversión privada en refinación, los déficit se acumulan y las importaciones de gasolinas ya superan el 40% de la demanda nacional. Las emisiones de contaminantes vehiculares se han acelerado de nuevo y abierto la puerta a episodios de contingencia ambiental que parecían superados, mientras que la emisión de gases de efecto invernadero se ha disparado en este sector (15% del total nacional).
Los precios internos de las gasolinas se mantienen artificialmente bajos gracias a subsidios cuantiosos que hoy ascienden a casi 40 mil millones de pesos anuales, cuando que los precios en otras naciones codifican una señal de riesgos geopolíticos, escasez física y costos ambientales cada vez mayores en el uso de combustibles fósiles. De hecho, muchos gobiernos han establecido regulaciones de eficiencia energética para los vehículos y/o fuertes tasas impositivas a las gasolinas, con un mensaje de internalización de costos. En México preferimos aislar al consumidor de tales señales, hacerlo sentir que no pasa nada, y que puede asumir conductas cada vez más irresponsables en relación a los combustibles.
De acuerdo a datos publicados en el último número de Foreign Policy, nuestro país se cuenta entre aquellos en donde los precios de los combustibles automotores son más bajos, honrosamente, junto a Venezuela, Estados Unidos, Arabia Saudita, Irán, Turkmenistán e Indonesia. Muy lejos estamos de naciones avanzadas en donde los precios tratan de reflejar de manera más racional los costos reales, tales como Gran Bretaña, Francia, Brasil, España y Turquía. Llenar el tanque de un Honda Civic cuesta en Turquía 94 dólares, en Gran Bretaña 82, en Francia 74, en Brasil 63, en España 58; en México es relativamente muy barato, apenas 36 dólares. Los precios en cada país explican contrastes radicales en el tipo de unidades que engrosan cada día el parque vehicular: SUV´s legales y chocolates en México; autos pequeños y eficientes en otros casos en un contexto de sistemas de transporte público de alta calidad y cobertura. Más todavía, los precios de los combustibles en cada país expresan situaciones fiscales muy divergentes en materia impositiva y de subsidios.
Por ejemplo, en Corea el 15% del gasto público se financia con los impuestos a las gasolinas, en Brasil el 13%, y en Rusia el 8%. En las antípodas, en Irán, los subsidios a las gasolinas representan el 38% del gasto público, en Venezuela el 28%, en Egipto el 25%, y en México un 2%. Por alguna razón insondable los gobiernos de estos últimos países consideran que promover el derroche energético es un objetivo prioritario. Si decidiéramos cambiar de liga, y pasarnos al grupo de gobiernos energéticamente ilustrados, como digamos, Brasil, México podría recaudar unos 300,000 millones de pesos adicionales, lo que significaría unos tres puntos porcentuales más con respecto al PIB, Además, nos podríamos deshacer de la CETU, y/ o bajar un poco el ISR; y de paso, echar fuera a los vehículos chocolate, y promover la eficiencia y el buen gusto con autos compactos, híbridos y eléctricos, y el transporte público. El efecto inflacionario sería sólo momentáneo y digerible. ¿Porqué no?
(El Economista)


