ECOLOGÍA DEL BUEN HUMOR
07.5.07 - Leído 249 veces. Enviar esta notaOpinión Gabriel Zaid
Ya no es tan raro encontrar en México brotes de civilidad. Contra las expectativas normales, hay a veces sorpresas agradables. Baños limpios. Automóviles que resisten la tentación de avanzar y bloquear la bocacalle. Personas que hacen notar cuando se les cobra de menos o que devuelven lo que se encuentran. Colas razonables. Casas o empresas que cuidan como suyos los árboles, los letreros, las alcantarillas y la limpieza de la acera, en el tramo que les toca. Condóminos que cooperan. Personas que ayudan a cruzar la calle, o ceden el paso o el asiento. Ciudadanos y clientes que se atreven a reclamar civilizadamente, que no se dejan maltratar ni maltratan a quien los atiende. Oficinas gubernamentales que no hacen perder el tiempo. Asociaciones voluntarias dedicadas a cuidar esto o aquello.
Todo lo cual sorprende agradablemente, porque no es todavía la normalidad. Pero que suceda, y cada vez más, es una señal. Indica, en primer lugar, que la civilidad es posible, a pesar de todo. Indica que mucha gente la desea, y que el deseo tiene efectos prácticos en un ambiente poco propicio. Indica que la sociedad ha madurado más que la clase política.
La señal contraria está por todas partes: el mal humor. Es un problema de salud personal, pero también de salud pública. Se presenta de tres maneras: como reacción circunstancial ante una situación frustrante, como reacción visceral ante la vida y como condición ambiental. Es un estado de ánimo pasajero que se puede convertir en adicción y flotar en el ambiente (de una familia, de un lugar de trabajo, de lugares públicos). Así como se calculan las muertes anuales que produce el aire contaminado, se pueden calcular las que resultan del enojo permanente. De todas las pestes que azotan a las grandes ciudades, ninguna es más contaminante.
Fritz Kunkel (La formación del carácter, Paidós) dice que las reacciones viscerales derivan de entrenamientos endocrinos. El enojo pide adrenalina, pero después la adrenalina pide enojarse, con motivo o sin motivo. Romper esta adicción es posible, pero difícil, si el condicionamiento se refuerza con lugares, personas, trámites, trabajos, situaciones, que ponen de mal humor. El ambiente puede ser un foco de infección que estimula la adrenalina y predispone al disgusto. Claro que el enojo puede ser sano, cuando mueve a buscar una solución. Pero, en México, suele ser pasivo: un resentimiento (callado o gritón) que sólo sirve para envenenarse y envenenar.
Afortunadamente, hay focos de buen humor; y también la salud puede ser contagiosa. El simple hecho de recibir una sorpresa agradable, como las mencionadas, puede cambiar de humor a muchas personas. Si, milagrosamente, todos los baños públicos estuvieran limpios, el efecto multiplicador en la ciudad sería notable para tan bajo costo. Y ésta es una de las cosas relativamente baratas que pueden reducir el estrés de la vida urbana. Otra es diseñar inteligentemente los trámites: cuidando el tiempo y la dignidad de quienes deben cumplirlos; calculando el costo social contra el beneficio social de cada requisito. Muchos requisitos son ociosos, cuando no pretextos para molestar o extorsionar.
Hay que favorecer la ecología del buen humor. Crear condiciones objetivas que favorezcan la civilidad, empezando por zonas o actividades aislables, más o menos a salvo del contagio general. Servirían como ejemplos de civilidad reproducible en otros medios.
Sentenciado a morir en seis meses por una enfermedad incurable, el escritor Norman Cousins decidió que esperaría la muerte a carcajadas, viendo películas cómicas. Pasaron los seis meses y más, y él seguía muerto de la risa. Finalmente, buscó información médica sobre los efectos biológicos del buen humor y acabó promoviendo proyectos de investigación sobre el tema. Vivió 26 años más, y escribió sobre su experiencia en Anatomy of an illness as perceived by the patient, así como Head first: The biology of hope. La Universidad de California en Los Ángeles ha creado un centro de investigación que lleva su nombre (www.cousinspni.org).
Ahora hay miles de centros de yoga que enseñan a reírse, como ejercicio para mejorar la salud física y mental (www.laughteryoga.org, con videos). Pero la risa también puede servir para mejorar la salud pública. No sólo contribuye al bienestar general, sino que daría una respuesta saludable al teatro del absurdo que presenta la clase política. Habría que organizar brigadas risueñas, en plazas y jardines, para hacer yoga y reírse a carcajadas de la última fechoría.
Mucha gente se enoja, con razón, porque las autoridades no resuelven problemas relativamente fáciles, ya no digamos los difíciles. Pero sería más sano, y quizá más efectivo políticamente, llevarles serenatas de carcajadas (avisando previamente a la prensa).
(Reforma)
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