CHARNAY Y LOS PARAÍSOS PERDIDOS
05.24.07 - Leído 179 veces. Enviar esta notaOpinión de Homero Aridjis
Cuando visitamos hoy Chichén Itzá, Teotihuacan, Palenque o Yaxchilán vemos edificios arreglados, liberados de vegetación, tierra y escombro, y rara vez la gente se pregunta, o puede imaginar, cómo se encontraban estos sitios claves de las grandes culturas mesoamericanas antes de que fueron investigados, restaurados y reconstruidos por generaciones de arqueólogos mexicanos y extranjeros.
A mediados del siglo XIX, inspirado por los libros ilustrados de John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood sobre sus exploraciones de la civilización maya Incidents of Travel in Central America, Chiapas, and Yucatan y Incidents of Travel in Yucatan, vino a México quien se convertiría en fotógrafo, viajero, explorador, arqueólogo, antropólogo y escritor, y también en uno de los primeros fotoetnógrafos (más de un siglo antes de que se inventara este término, que identifica a los que buscan representar otras culturas a través de la fotografía). Durante sus dos expediciones en nuestro país (1857-1860 y 1880-1886), el francés Désiré Charnay (1828-1915) tomó más de mil imágenes de sitios en Tula, Teotihuacan, Iztaccíhuatl, Chichén Itzá, Uxmal, Comalcalco, Palenque, Yaxchilán y Mitla, de paisajes y pueblos en Yucatán, Chiapas, Oaxaca, Hidalgo y Tabasco, y una serie de fotos de lo que entonces se solía llamar “tipos raciales”: lacandones, mayas, mixtecos y yucatecos. Una selección de estas fotos, además de otras imágenes captadas por él en Madagascar, Java y Australia, acaba de exhibirse en París en el Museo del Quai Branly, donde figuraron en la primera exposición dedicada a las fotografías de Désiré Charnay.
Cargando con mil 800 kilos de aparatos fotográficos, placas de vidrio, un laboratorio para sacar las imágenes y demás equipaje misceláneo, Charnay se adentró primero en Yucatán, y luego en otras partes del país. En cada sitio se aprecian las figuras humanas posadas junto a los edificios para mostrar la escala de la construcción, cómplices que se asoman por un arco o se plantan al pie de una columna. Está el Palacio de las Monjas y la Casa del Enano en Uxmal, el Castillo en Chichén Itzá, el gran castillo en Mitla, el Templo del Sol en Palenque (así los identificó Charnay). En Izamal captó a una enorme cara de estuco sobre un costado de la pirámide, desaparecida ya sin dejar rastro. Ek Balam (o “jaguar negro”) se empezó a excavar en 1994, aunque según los arqueólogos era una ciudad muy importante. En una foto de Charnay de 1886, se vislumbra el “palacio doble” agarrado por los árboles, entre cuyas laderas el sol se levanta en el equinoccio. En Palenque los edificios son abrazados por las ramas y las raíces, y en una galería del palacio la expedición ha colgado sus sartenes en el muro. Catorce fragmentos de una pintura mural en Tula parecen un rompecabezas, un hombre con sombrero llega a las rodillas de medio atlante, un perro blanco duerme mientras los trabajadores peinan una ruina laberíntica. Las pirámides del Sol y de la Luna en Teotihuacan están tapizadas con arbustos, una avenida entre órganos lleva al pueblo de San Martín. Éstas sí son ruinas, ¿pero cuánto de lo que vemos ahora en un sitio como Palenque o Ek Balam es obra de la imaginación ilustrada?
Tras sacar en México un número limitado de ejemplares de su primer Álbum fotográfico mexicano, Charnay publicó Cités et Ruines Américaines (1862) en París.
Los últimos viajes de Charnay a México fueron financiados por el empresario tabacalero americano Pierre Lorillard, así como la publicación del libro The Ancient Cities of the New World. Being Voyages and Explorations in Mexico and Central America from 1857-1882. En recompensa por este apoyo, Charnay bautizó como Lorillard City la ciudad en ruinas que conocemos como Yaxchilán.
Hace unos 15 años asistí a una reunión en Yaxchilán con expertos en biodiversidad. Sentados sobre una plataforma cuadrangular en concreto hecho ad hoc para la ceremonia, escuchamos al presidente Carlos Salinas de Gortari anunciar la creación de la Comisión Nacional de la Diversidad Biológica. Nos paseamos entre las ruinas, donde meseros en guantes blancos sirvieron canapés de salmón ahumado y el Presidente se tomó la foto con varios lacandones. Gertrude Duby Blom, suiza de nacimiento, quien había sido encarcelada en Italia y Francia por su lucha antifascista, encontró por primera vez a los Lacandones y la selva Lacandona en 1943. En 1950, Trudi y su esposo Frans Blom compraron la propiedad en San Cristóbal de las Casas que convirtieron en el centro cultural y científico Na Bolom. Al morir en 1993, Trudi dejó unas 55 mil fotografías; la mayoría de ellas es un testimonio documental de su relación con los lacandones y un memorial del paisaje de la selva y de su trágica destrucción.
Charnay también fue cautivado por los lacandones, sonrientes en sus fotos, al contrario de las caras serias y apenadas de los representantes de otros grupos étnicos que fotografió en México, Madagascar, Java y Australia, y cuyos cuerpos parados de perfil, de frente y de espaldas parecen fijados con alfileres. A los lacandones no los desvistió, como hizo con los mixtecos y los mayas, ni los desnudó, como hizo con los malgaches.
En la penumbra de la exposición se confrontaban los negativos espectrales de colodión sobre placas de vidrio con impresiones sobre papel albúmina. Uno de los pares más emotivos es el árbol de Santa María del Tule; en la impresión parece una catarata de hojas, en el negativo una pintura clásica china del tipo paisaje “montaña y agua”. Se cree que el hombre sentado sobre una de las raíces es el mismo Charnay. Impresionan un panorama de México en negativo, una ciudad nocturna y silenciosa, y una foto del Zócalo arbolado. Sus fotografías comunican la fascinación que sintió por estos sitios, y al verlas se siente la nostalgia de los paraísos perdidos.
(Reforma)
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