MEDICINA TRANSGÉNICA
05.14.07 - Leído 438 veces. Enviar esta notaOpinión de José Luis Lezama
Gran parte de la investigación y de los experimentos que se efectúan en el llamado campo de la agricultura farmacéutica o de los fármaco-cultivos, así como en otros de los productos genéticamente modificados, ocurre al margen de la opinión pública, en laboratorios y campos de prueba discretamente mantenidos, en sitios aislados, lejos de la mirada incómoda de la prensa sensacionalista y de la hostilidad de los activistas verdes: todo parece ocurrir en la clandestinidad. Los temores no sólo provienen del riesgo de que los materiales, sustancias y organismos con los que se experimenta escapen o se liberen al ambiente, contaminando ecosistemas y amenazando la salud y seguridad de los seres humanos, sino también de la posibilidad de que estos experimentos se filtren a los medios de comunicación, contaminando a la opinión pública con información desvirtuada, provocando de esta manera ansiedad, angustia y protesta social. El mundo actual se ha convertido en un inmenso laboratorio en el cual se experimentan y exploran diversas áreas del conocimiento, muchas de ellas de dudoso beneficio para la humanidad o que al menos generan controversia, haciendo emerger cuestiones éticas fundamentales. La humanidad vive hoy día en una frontera barbárica creada por los grandes e incesantes avances del conocimiento científico y por los incontenibles progresos del desarrollo tecnológico. De alguna manera en ese inmenso laboratorio en el que se ha convertido el mundo moderno, y del que nadie parece ser responsable, el ciudadano parece ignorar lo que sus hombres de ciencia descubren, inventan y experimentan, y los beneficios o riesgos que esto genera para su seguridad y la del circundante y vital medio ambiente del que dependen para reproducirse.
Todo el desarrollo de la moderna biotecnología, la ingeniería genética, la tecnología médica y la nanotecnología, presente en la conciencia pública y en los debates sobre los organismos genéticamente modificados (OGM), la clonación, etcétera, ha ocurrido fuera de la mirada y del escrutinio público debido a su carácter ambivalente y controversial. Los experimentos no sólo ocurren en los sofisticados laboratorios de las grandes compañías transnacionales que producen y comercian con los transgénicos, o en los centros universitarios del mundo desarrollado donde se cuenta con la capacidad científica y la infraestructura tecnológica para realizarlos con mayor eficacia, sino también en modestos laboratorios, en campos de cultivo improvisados, en pequeñas clínicas tanto del mundo no desarrollado como del desarrollado, sobre todo cuando en este último las leyes y la opinión pública han creado una fuerte resistencia y grandes obstáculos a la producción de OGM, a la clonación y a otros obsequios de la biotecnología y la ingeniería genética.
La llamada agricultura farmacéutica se desarrolla en un escenario similar, despertando los mismos temores, las mismas dudas e incertidumbres. Es éste un campo de la investigación, de la experimentación y un nicho de mercado en el cual el punto central es lograr, mediante la ingeniería genética, la obtención de anticuerpos, proteínas, vacunas y medicamentos en general, insertando genes (incluidos genes humanos) en las plantas como el tabaco, el maíz, el arroz, la soya, las papas, etcétera, con el propósito “humanitario” de salvar vidas, curar enfermedades o prevenir daños a la salud humana a precios bajos, sobre todo en el mundo no desarrollado, donde el alto costo de la salud la hace inaccesible para las mayorías.
En las azoteas de un hospital del sur de Londres, y más recientemente en granjas mantenidas en secreto en Kent, el profesor Julian Ma lleva a cabo experimentos con cultivos de tabaco modificado con el gen de un tipo de alga a fin de producir una proteína que podría resultar una droga muy efectiva contra el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). La droga así producida (Cyanovirin N), podría evitar la penetración del virus en las células humanas. Por su parte, algunas compañías estadounidenses en el campo de la genética trabajan actualmente en el cultivo de arroz destinado a producir medicamentos para tratar la diarrea infantil, o se experimenta también con vacunas que pudieran resolver el problema de la hepatitis B (The Guardian, 30/04/07). Las potencialidades de esta nueva variedad de transgénicos son inmensas, puesto que su propósito es producir medicina barata y en gran escala para prácticamente todas las en- fermedades que afectan al ser humano.
No obstante, a pesar de las diversas y complicadas medidas de seguridad que se ponen en práctica para evitar la contaminación de los cultivos tradicionales por los transgénicos, algunos especialistas, y sobre todo activistas verdes, señalan los riesgos para el ambiente y para la salud humana ante una posible mezcla involuntaria o por una errónea ingestión de frutas, verduras o granos alterados genéticamente para los fines médicos señalados. De nuevo la pregunta es si vale la pena correr tantos riesgos con estos experimentos científicos, aún cuando los fines alegados sean combatir las enfermedades a precios accesibles para los grupos sociales y naciones más pobres. Para muchos científicos sí vale la pena. Otros más bien llaman a la cautela y a no jugar con los fundamentos de la vida contenidos en el orden natural de las cosas.
Página de internet: www.jlezama.cjb.net
(Reforma)
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