EL CAMBIO CLIMÁTICO
02.27.07 - Leído 130 veces. Enviar esta notaOpinión de Carlos Tello Díaz
El Protocolo de Kyoto. El problema ecológico empezó a interesar al ser traducido en términos económicos, al entender que los servicios que los ecosistemas prestan a los hombres pueden desaparecer
El viernes pasado celebramos el segundo aniversario de la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, el único mecanismo internacional que tenemos hoy para empezar a hacer frente al cambio climático de origen antropogénico que amenaza la vida en la Tierra. Contiene varias obligaciones legales para que los países industrializados reduzcan las emisiones de tres gases de efecto invernadero de origen humano: dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O), y de tres gases industriales fluorados: hidrofluorocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y hexafluoruros de azufre (SF6).
El Protocolo de Kyoto es un instrumento de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, suscrita en 1992 dentro de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro. Su historia es breve: no tiene más de 15 años. En abril de 1995, el Mandato de Berlín puso en marcha una ronda de pláticas para adoptar compromisos más firmes a favor de la conservación de los ecosistemas por parte de los países desarrollados, sobre todo en Norteamérica y Europa. Las negociaciones cristalizaron en el Protocolo de Kyoto, firmado en Japón el 11 de diciembre de 1997. Ese día, los países industrializados asumieron el compromiso de ejecutar un conjunto de medidas para reducir los gases de efecto invernadero, responsables del aumento de la temperatura en el planeta. Pactaron reducir en un 5.2 por ciento las emisiones contaminantes entre 2008 y 2012, tomando como referencia los niveles de 1990. El acuerdo entró en vigor el 16 de febrero de 2005, después de ser ratificado por el gobierno de Rusia, que consiguió que la Unión Europea pagara la reconversión industrial y la modernización de las instalaciones petroleras de esa república de la vieja URSS.
La suerte del acuerdo ha sido desde entonces azarosa. Estados Unidos firmó el acuerdo, pero no lo ratificó: ni el gobierno de Clinton ni el de Bush, quien de hecho retiró a su país del Protocolo de Kyoto con el argumento de que excluye de sus restricciones a algunos de los mayores emisores de gases entre los países en vías de desarrollo, como China. Es un argumento que podrían utilizar también los países europeos, quienes no obstante ratificaron el Protocolo. Estados Unidos ha sido la gran excepción. Ese país tiene sólo 4 por ciento de la población mundial, pero emite 20 por ciento del dióxido de carbono que afecta al mundo. Su compromiso con la protección de los ecosistemas es una condición sine qua non para tener éxito en la lucha por conservar los ecosistemas. Así lo ven ya muchas voces prominentes en Norteamérica. “Ha llegado la hora de que nuestra respuesta a esta crisis sea proporcional a la contribución de nuestra nación al problema”, dijo hace poco la senadora republicana Olympia Snowe. Y es uno de los temas de la película de Al Gore, Una verdad inconveniente, exhibida hace pocos días en México: los países más ricos son los que más contaminan, empezando por Estados Unidos y la Unión Europea, y seguidos muy de cerca por China. Y África, que no contamina casi nada, sufre las mayores consecuencias.
Nuestra relación con la naturaleza empezó a cambiar aceleradamente hacia fines del siglo XVIII, en el parteaguas de la Ilustración. En ese tiempo, la innovación tecnológica, apoyada en los descubrimientos hechos por la ciencia, permitió la dominación de la naturaleza, su transformación radical en beneficio del hombre. El crecimiento económico moderno, como lo llaman los historiadores anglosajones, propiciado por la Revolución Industrial, inauguró una etapa totalmente distinta en la vida del hombre -diferente a todo lo que había pasado antes-. Hoy apenas empezamos a ver con claridad la magnitud de la transformación que significó no sólo para el hombre, sino para el planeta, la Revolución Industrial.
Durante siglos, la población en el mundo casi no aumentó, la economía casi no creció y la naturaleza casi no sufrió. Los hombres y las mujeres se desplazaban más o menos de las mismas formas (a pie o a caballo, en barcos de velas o de remos) por un mundo que era fundamentalmente el mismo. Las ciudades crecían muy poco, los campos no cambiaban. Todo era estable, todo parecía permanente. Pero de pronto todo cambió: la gente, cada vez más y más, empezó a moverse de formas muy distintas, inusitadas: trenes de carbón, barcos de vapor y aviones de propulsión, en un mundo cada vez menos estable, cada vez más cambiante, más deteriorado por su radical transformación en beneficio de una sola especie: el hombre, que comenzó a crecer como una plaga, talando los bosques y las selvas para sembrar sus cultivos y poner a pastar a sus animales, y transformando sus ciudades en lo que son ahora, no ya ciudades sino megalópolis. Desde las grandes invenciones del Neolítico hace ya más de 10 mil años -la agricultura, la domesticación de los animales, la escritura, el surgimiento de las ciudades- no habían vuelto a tener lugar en la historia de la humanidad innovaciones que le permitieran modificar de tal forma el rostro de la Tierra.
Hay un dato que ilustra la magnitud de la transformación. A lo largo de los siglos, la curva del crecimiento económico coincide puntualmente con dos curvas más: la de la explosión demográfica y la de la destrucción ambiental. Las tres curvas forman una misma línea que es horizontal y estable la mayor parte del tiempo, durante siglos y siglos, y que de repente se dispara hacia finales del siglo XVIII, y sobre todo en el XIX y XX, cuando la trayectoria de la curva parece casi vertical. Es el momento en el que vivimos nosotros. No sabemos hacia dónde vamos. ¿Qué hay allá? No lo podemos saber. Hay un dato estremecedor: somos más los vivos que los muertos.
El crecimiento de la economía y la población ha estado desde siempre vinculado -a veces más, a veces menos- a la destrucción del medio ambiente. Así lo recordaba con insistencia Iván Illich, uno de los críticos más radicales de la sociedad industrial, que por mucho tiempo vivió en México. Su aversión a la idea del progreso tenía una motivación tanto ecológica como humana: “Se trata de un programa encabezado por la concepción, ecológicamente irrealizable, del control del hombre sobre la naturaleza, y por el intento, antropológicamente perverso, de sustituir el paisaje cultural, con sus accidentes, afortunados o desafortunados, por medio homogéneo y estéril”.
No tenemos un criterio para cuantificar la destrucción provocada por el progreso: los índices que miden el crecimiento de la economía no nos dicen cuánto cuesta la destrucción de la naturaleza. El término medio ambiente, de hecho, es un eufemismo con el que nos referimos a todo aquello que existe junto con el hombre: el aire y la tierra, las selvas y los bosques, los mares, los lagos y los ríos, los tigres y los elefantes y los osos y las ballenas. El crecimiento económico moderno ha perjudicado gravemente a todos ellos. Pero a muy pocas personas les importa que desaparezcan los tigres, o que las selvas y los bosques sean convertidos en potreros para dar de comer al ganado. El problema ecológico (que incluye al cambio climático) empezó a interesar a todos (a casi todos) cuando fue traducido en términos económicos: cuando fue al fin entendido que los ecosistemas también prestan servicios a los hombres -y que esos servicios pueden desaparecer.
“La humanidad ha recibido beneficios importantes como resultado de la modificación de los ecosistemas ecológicos para satisfacer sus necesidades”, reflexionaba hace unos meses José Sarukhán en un artículo publicado en Nexos. “Pero estos beneficios han sido posibles a cambio de severos costos”. El artículo mencionaba varios de esos costos, algunos de los más graves, para luego concluir con esta afirmación: “Las transacciones entre los beneficios por la modificación de los ecosistemas y la pérdida de los servicios que los mismos prestan a la sociedad tienen un balance neto negativo. Los costos han sido tan importantes y crecientes que a menos que se atiendan y se resuelvan apropiadamente, disminuirán los beneficios que las futuras generaciones podrán derivar de los ecosistemas. No es arriesgado afirmar que quizá nuestra generación, la anterior y la siguiente, serán las que habrán tenido los estándares de bienestar humano más altos en la historia de nuestra especie si no se toman medidas serias para atender y resolver las causas directas e indirectas de los costos ambientales por la modificación de los ecosistemas terrestres y marinos”.
Hace un par de semanas fue publicado el Cuarto Informe del Comité Intergubernamental sobre el Cambio Climático del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. El Informe concluyó que la temperatura media de la superficie del planeta aumentará entre 1.4 y 5.8 grados para el año 2100. Ello podría ser devastador. Los glaciares de los Andes, que suministran agua potable, al formar ríos, y sirven como fuente de riego, están desapareciendo y van a desaparecer. El deshielo de las masas polares, asimismo, provocará el aumento del nivel del mar, lo cual eventualmente podría poner en riesgo a países enteros, como Holanda y Bangladesh. No son suposiciones falsas. En 2080 habrá una grave escasez de agua en China y Australia. La corriente del Golfo, que calienta el norte de Europa, podría ser interrumpida si cambia la salinidad del agua del Atlántico. Con respecto a México, Mario Molina afirmó que el cambio climático podría provocar sequías en el norte del país, severas inundaciones y huracanes más intensos, y una elevación del nivel del mar en la costa este. Y podría también alterar, desde luego, el ciclo hidrológico.
No sabemos todavía con precisión qué consecuencias económicas desencadenará el cambio climático. El Informe Stern, hecho por encargo del gobierno del Reino Unido, presentado el 30 de octubre de 2006, fue un informe encargado por un gobierno no a un ecologista, sino a un economista, Sir Nicholas Stern. “Sus principales conclusiones afirman que se necesita una inversión equivalente al 1 por ciento del PIB mundial para mitigar los efectos del cambio climático y que de no hacerse dicha inversión el mundo se expondría a una recesión que podría alcanzar el 20 por ciento del PIB global”.
Estos son los hechos. Así los recordó, recientemente, el Llamado de París, que aboga por la creación de la Organización de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y por la movilización internacional contra la crisis ecológica que amenaza la Tierra. “Hoy sabemos que la humanidad está destruyendo, a una velocidad aterradora, los recursos y equilibrios que han permitido su desarrollo y que determinan su futuro”, alertó el Llamado de París. “Ha llegado el momento de reconocer que estamos en el límite de lo irreversible, de lo irreparable”.
(Reforma)
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