DESAFÍA EL FUEGO PARA SALVAR BOSQUES
02.26.07 - Leído 93 veces. Enviar esta notaHéroes desconocidos. Proteger los bosques significa proteger el medio ambiente, considera Zavala. Un buen trabajo proporciona oxígeno para toda la ciudadanía
MÉXICO, D.F., 26 febrero 2007.- El Parque Desierto de los Leones no evoca diversión ni esparcimiento a Joel Zavala González*: es el lugar donde casi perdió la vida.
En 1998, él y tres de sus compañeros apagafuegos llegaron al bosque para intentar sofocar un incendio que consumía parte de la reserva. Entre llamas que superaban los 30 metros de altura, Zavala y su brigada estuvieron a punto de morir “aplastados” por las cinco toneladas de agua que un avión cisterna iba a descargarles encima.
“Afortunadamente nos vieron y el piloto, muy bueno, alcanzó a salir y nada más nos roció”, explica Zavala con alivio.
Durante ese siniestro, no sólo libró la muerte, sino que ganó fama entre los combatientes de incendios forestales. Hoy es conocido por ser el responsable de coordinar los equipos terrestres y aéreos que lograron controlar el incendio más destructivo que se ha presentado en el DF en los últimos 28 años. Fueron necesarios cuatro días y más de mil bomberos para apagar el fuego, que dejó cerca de 500 hectáreas de bosque dañadas.
Vocación por casualidad
Originario del DF, este hombre de 53 años luce pocas canas para su edad, pero sus rasgos marcados reflejan una vida de ardua labor. De estatura baja y de comfe plexión robusta, Zavala, quien lleva con orgullo la camisa amarilla de los combatientes de la Comisión Nacional Forestal (Conafor), ha dedicado más de 30 años de su vida a la protección de los bosques, una vocación que descubrió por casualidad.
En busca de un empleo para mantenerse y ayudar a sus padres, un amigo le comentó de una vacante en la entonces Secretaría de Agricultura y Ganadería. “Presenté solicitud en tres trabajos y me aceptaron en todos. Me gustó más éste”, dice.
Empezó a trabajar en tareas de reforestación en la capital del país antes de ser enviado a Chiautzingo, Puebla, para ser jefe de viveros. Durante esta temporada vio cómo, en pocos minutos, el fuego podía esfumar el bosque que él y sus compañeros habían tardado meses en plantar.
“De allí fue cuando me empezó a nacer el gusto por el combate a incendios”, asegura Zavala, quien pidió su cambio a esta área. No entró directamente allí, sino que pasó por la División de Radiocomunicación y luego por la de Detección de Incendios, antes de ser asignado al combate de éstos en el DF.
Tenía 23 años cuando comenzó a participar en la lucha contra el fuego de bosques. “Me gustó y me empecé a capacitar”, explica. Ya que los cursos de especialización eran escasos en México, viajó a Estados Unidos para aprender técnicas de combate a incendios forestales.
Entre 1991 y 1995, se fue en cuatro ocasiones a Redmond, Oregon, para estudiar en los Interagency Hotshot Crews, uno de los centros de capacitación del Servicio Forestal de EU dedicados a combatir incendios.
El primer año obtuvo una beca del gobierno. Las siguientes veces fue por su cuenta. Convencido de que necesitaba más preparación, pidió permiso para atender cursos adicionales y apagó fuegos del otro lado para financiar sus estudios.
Con el tiempo, ha sido invitado como instructor a EU por el Servicio Forestal de ese país.
De vuelta en el DF, no tardó en crecer. De combatiente pasó a ser subcoordinador, de ahí a coordinador en la capital del país, y actualmente en la delegación en Morelos de la Conafor.
El ascenso en su puesto significó más responsabilidad, pero no un mejor salario. Gana poco más de 7 mil 200 pesos al mes.
Casado con el bosque
En temporada baja, de julio a noviembre, trabaja entre nueve y 13 horas al día. Porque el que no haya incendios no significa que Zavala y las cuatro brigadas que dirige se crucen de brazos.
La protección de bosques incluye tareas de prevención: se abren y limpian brechas cortafuego, se realizan quemas prescritas (fuegos provocados para eliminar material combustible), podas o cajeteo (tala de ramas bajas para evitar que ardan).
Pero la prevención también consiste en impartir talleres y cursos a la comunidad, así como a los combatientes novatos. Zavala, quien es instructor desde 1989, cree en la importancia de transmitir su conocimiento a las generaciones jóvenes: “Una de mis mayores satisfacciones es formar personal nuevo que venga a suplirnos y a superarnos”.
Cuando llega la temporada de contingencia, entre diciembre y junio, tiene que estar listo para entrar en acción en cualquier momento: “Si hay un incendio, no hay horario. Pueden llamarnos a las 4 de la mañana”. Incluso asegura haberse divorciado a raíz de su poca disponibilidad para la vida familiar. “Esto es lo que deja Incendios”.
De su matrimonio, que duró cuatro años y medio, le queda una hija, que ahora tiene 24 años y frecuenta poco. Pero su esposa no fue la única en reclamarle por su trabajo. Durante mucho tiempo, sus padres y sus hermanos tampoco aceptaron el peligro que acompaña el combate de incendios forestales.
Entre las llamas
Que intente convencer a sus familiares de que no se preocupen no impide que existan peligros reales. Él lo asume: “Sí, se siente miedo porque, a final de cuentas, las flamas están muy altas, el tiempo es muy cambiante y en un momento dado, si no hacemos una buena determinación, el fuego nos puede encerrar”.
Pero Zavala y sus brigadistas no sólo deben cuidarse de las llamas sino del peligro de asfixia y de las descargas de los equipos aéreos, como ocurrió en el Desierto de los Leones. También tienen que vigilar el suelo para no ser atacados por los animales que salen espantados por el fuego, como víboras y alacranes que podrían morderlos o picarlos en piernas o brazos, a través de los pantalones de mezclilla o de la camisa amarilla de algodón, parte de su vestimenta formal.
Siempre existe la posibilidad de un derrumbe, como aquella ocasión en los años ochenta en que luchaban contra un incendio en el Parque Nacional Los Dinamos. “A mí me cayó una roca”, dice Zavala y muestra la marca que el golpe dejó en su casco de aluminio.
Uno de sus compañeros no tuvo tanta suerte. La roca fue a dar en su pecho, fracturándole varias costillas. En medio de las llamas se improvisó una camilla con camisolas para sacar al herido del siniestro y llevarlo a que recibiera atención médica.
Pero su suerte, Zavala no la fía a ningún tipo de amuleto. “La buena suerte es que haya tenido buenos instructores. Estos son los amuletos para nosotros”, dice. Estos riesgos se le han presentado una y otra vez a lo largo de su carrera, durante la cual ha participado en el combate de más incendios de los que puede recordar en toda la República. En caso de siniestros cuya magnitud rebasa la capacidad del personal local, “las oficinas centrales de Conafor en Guadalajara buscan personas que ya tienen experiencia para poder resolver problemas difíciles”, señala Zavala, quien ha sido enviado a otros estados para apagar fuegos en muchas ocasiones.
Se acuerda con ansiedad de la primavera de 1998, cuando lo llamaron para atender el incendio en la selva de los Chimalapas, en Chiapas, Oaxaca y Veracruz: “Se empieza a prender por allí y van creciendo los incendios a una velocidad increíble y se van disgregando en varios puntos”.
Debido a la topografía, los combatientes tuvieron que ser transportados en helicópteros hasta el punto más cercano. Después, “estuvimos caminando entre ocho y 10 horas para llegar a los incendios”, cuenta. La lucha duró más de dos meses y medio.
Cada incendio es diferente. Antes de entrar a combatir uno, es preciso determinar la estrategia a adoptar. Explica: “Hacemos un pronóstico y podemos ir viendo qué tipo de ataque vamos a hacer: directo, indirecto, a la cabeza, por los flancos”.
Muchas veces, con palas, azadones, machetes o motosierras, los combatientes tienen que abrir una brecha hasta el suelo mineral –donde se ve la tierra– para parar el fuego. “Lo que determina el tamaño de la brecha es el tamaño de la flama”, precisa. “Si una flama va de medio metro, con una brecha de 20 centímetros que estemos abriendo, es suficiente. Pero si está más alta, a veces 20 metros no bastan. Dos tractores no son suficientes”.
Oxígeno para todos
Taciturno a primera vista, Zavala es muy decidido al momento de hablar de su labor. Una chispa enciende sus ojos castaños cuando evoca el motivo de su dedicación. “El proteger los bosques no nada más significa protegerlos, sino proteger el medio ambiente, tener oxígeno, agua y fauna”, considera el servidor público. “Con un buen trabajo que hagamos, se está proporcionando oxígeno para toda la ciudadanía, para todo el mundo”.
Sigue tan dedicado como el primer día. “Ese trabajo, siempre lo hemos hecho en la sombra”, observa. “Mi trabajo depende en el 99 por ciento de personas que trabajan conmigo, porque sin ellos nosotros no haríamos nada. Entonces, más bien el crédito es de ellos”.
*Bombero forestal. Originario del DF, 53 años, 30 de servicio. Delegado en Morelos de la Conafor. Gana 7 mil 200 pesos al mes.
(Reforma)
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