POBREZA Y REFORESTACIÓN
10.31.06 - Leído 196 veces. Enviar esta notaOpinión de Gabriel Zaid
Muchos campesinos viajan a los Estados Unidos en las temporadas intensivas de mano de obra agrícola. Es una buena cosa para ambas partes, cuyos resultados pueden ser notables. La familia de Pablo Ceja, que fue bracero en los viñedos de California, produce hoy sus propios vinos en el valle de Napa (www.cejavineyards.com).
Otros emigran como jardineros, que también es bueno, porque los jardines públicos y las ciudades arboladas sanean y ennoblecen la vida urbana. Pero no hay que limitar este beneficio a las ciudades. El país entero se está desarbolando a una velocidad alarmante. Ocupar a los campesinos en cuidar la vegetación, la fauna, los suelos y el agua del lugar donde viven sería bueno para el país, porque los daños ecológicos cuestan más que evitarlos. El Banco Mundial presenta un análisis de costos y beneficios en How much is an ecosystem worth? Assessing the economic value of conservation (2005), y está apoyando proyectos comunitarios de empleo forestal, aunque le faltó añadir los costos sociales de abandonar el campo para sumarse a la población urbana.
Hace medio siglo se dijo que el problema del campo se resolvería en las ciudades, creando empleos industriales. El resultado fue un desastre urbano: trasladar el problema y multiplicar el costo de la supuesta solución. El error estaba en creer que la vida en el campo se reduce a producir alimentos para las ciudades, para lo cual bastan muy pocos agricultores modernos: los campesinos salen sobrando. Pero los campesinos no están en el campo para alimentarnos, sino para vivir. Hay que ayudarles a vivir mejor en donde están.
La extrema pobreza rural se concentra en comunidades tan marginadas que ni siquiera reciben la ayuda del programa Oportunidades. Como no hay escuela, ni centro de salud, y la ayuda está condicionada a que los niños vayan a la escuela y se vacunen, no pueden participar. (Dicho sea de paso: deberían recibir la ayuda sin condiciones, o con otras condiciones, mientras falten esos servicios públicos.) Su vida y tradiciones se funden con la naturaleza. Son los “jardineros” ideales para cuidarla. Aprovechar que están ahí, ayudaría a resolver el problema del campo, en tres frentes simultáneos: la pobreza, el deterioro ecológico y el desastre urbano.
En las comunidades remotas, pesa mucho el costo del transporte. Lo práctico no es producir alimentos para las ciudades (donde nunca serán competitivos), sino para alimentarse mejor. El intercambio con las ciudades debe concentrarse en aquellos productos y servicios donde sí pueden competir: productos naturales de precio alto por kilo (para aguantar los fletes), manufacturas ligeras con mucha mano de obra, servicios de conservación ecológica (que serían más costosos llevando gente de las ciudades hasta allá).
La desaparición de los bosques arruina los suelos, el agua, muchas especies vegetales y animales, los paisajes, muchas oportunidades productivas y hasta los bonos internacionales que se ganan por el servicio de limpiar la atmósfera del planeta. La Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales ha llegado al extremo de invitar a la población urbana a que pase un domingo en el campo reforestando. No es una mala idea, para que aumente la conciencia del problema, pero se trata de una solución simbólica. La verdadera solución está en contratar a los campesinos locales.
Algunas reforestaciones deben asumirse como un costo social, análogo al de tener ciudades arboladas. Pero no todas. Según The Economist (16 III 02), una comunidad indígena de Oaxaca apoyada por el Banco Mundial ya tiene una producción silvícola de diez millones de dólares al año. Según el mismo banco, el cultivo comunitario del piñón mexicano (jatropha curcas) puede ser muy lucrativo (www.jatropha.de). Costa Rica ha desarrollado notablemente el turismo ecológico. Las artesanías de lujo son muy exportables.
México vive un desastre en relación con la pobreza, el agua, los bosques y la hinchazón urbana. La pobreza se concentra en las zonas rurales y especialmente en el monte, donde hay o hubo bosques. El territorio de México se presta más a la silvicultura que a la agricultura moderna de grandes planicies. Según la Comisión Nacional Forestal, el 70% de las tierras forestales pertenece a comunidades indígenas o ejidales, que no tienen recursos para conservarlas y desarrollarlas. La reforestación y el cuidado de la naturaleza absorben mucha mano de obra y crean oportunidades productivas derivadas de la silvicultura (aceites vegetales, flora medicinal, hongos, resinas, orquídeas, turismo ecológico y hasta madera, si se cierra el paso a los talamontes). Tener bosques productivos a cargo de comunidades locales reduce la pobreza campesina y la hinchazón urbana, mejora la situación del agua, los suelos, la vegetación y la fauna.
(Periódico Reforma)
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