OAXACA Y LAS INSTITUCIONES
10.31.06 - Leído 224 veces. Enviar esta notaOpinión de Gabriel Quadri de la Torre
Las instituciones son las reglas del juego que reducen la incertidumbre y generan orden; definen derechos de propiedad y los incentivos que orientan las decisiones humanas: para estudiar y trabajar o delinquir, tomar las calles y recurrir a la violencia, desconfiar o cooperar y emprender acciones colectivas productivas, competir y ahorrar o dilapidar, respetar o invadir la propiedad privada y los espacios públicos, corromperse o ser honestos, y destruir o usar de manera sostenible recursos naturales…
El desorden revolucionario y la ausencia de seguridad personal reducen la condición humana a la mera supervivencia inmediata y precaria, socavan al Estado, lo perforan, lo desmoronan y acaban demoliendo las referencias más básicas de convivencia social y económica. Atenco, el persistente cacicazgo marquista en Chiapas, el desafío insolente y sangriento del crimen organizado, y ahora Oaxaca, son huecos ostensibles y cada vez más profundos en la estructura del Estado, y herencia conspicua del gobierno que expira. Es vital revertirla y reconstruir instituciones; Oaxaca podría ser laboratorio, taller y molde. El reto, formidable, implica intervenir en una cadena de determinantes: a) restablecer el orden, b) rediseñar instituciones formales, y c) transformar a largo plazo sistemas de creencias y rasgos culturales.
Como se sabe, existe una relación íntima entre los sistemas de creencias y la cultura, y las instituciones. Hayek decía que la cultura es la transmisión a través del tiempo de normas, valores e ideas, y del acervo acumulado de conocimiento. Así, la cultura es un enlace intertemporal, en el que el pasado influye en el presente y en el futuro de cada sociedad. No se trata de una inercia, sino de inducciones y restricciones históricas activas en los espacios de decisión. Por tanto, ninguna modificación institucional es viable o funcional si no está soportada en un proceso de cambio correspondiente en los sistemas de creencias y en la cultura. La propensión al caos y a la violencia, y el mal desempeño económico de las sociedades, y por ello la pobreza, no sólo surgen de políticas gubernamentales erróneas, o de desventajas ecológicas o tecnológicas, sino de un sistema equivocado de incentivos en tejidos sociales tradicionales, y que no es compatible con el desarrollo económico ni con el orden que requiere. Es indispensable entender esta herencia, particularmente en Oaxaca, con la finalidad de atisbar posibilidades de cambio.
Téngase en cuenta que los sistemas de creencias y la cultura, y a su vez las instituciones, crean el conjunto de oportunidades para todos los actores en una sociedad, bien favoreciendo la búsqueda de rentas, o bien, ofreciendo incentivos para el desarrollo de actividades productivas. Aunque en toda economía existen incentivos en ambos sentidos, el peso relativo entre ellos determinará su desempeño: hacia el desorden, el estancamiento y la pobreza, o hacia el crecimiento y la prosperidad. ¿Cuáles son los incentivos predominantes en Oaxaca? Si ahí se perciben tasas atractivas de rentabilidad política y económica en la práctica de la “lucha social”, la subversión, la organización caciquil y corporativa, la ocupación de espacios públicos, la invasión de la propiedad privada, y en la movilización sindical, los individuos y empresarios políticos y económicos y sus organizaciones invertirán recursos, habilidades y conocimientos que los harán cada vez mejores luchadores sociales, caciques, agentes subversivos, comerciantes ambulantes, invasores de tierras, y activistas sindicales. La pobreza se va a conservar y a extender, realimentando a la matriz institucional que la produce. En contraste, en otros lugares predominan incentivos hacia las actividades productivas. Por tanto, los individuos y empresarios políticos y económicos y sus organizaciones invierten o aplican sus recursos, habilidades y conocimientos en educarse y capacitarse, crear empresas competitivas y nuevos mercados. Así, la productividad aumenta y se elevan los niveles de empleo e ingreso, única forma real de reducir la pobreza. El primer escenario de incentivos es típico en Oaxaca, y el segundo, más de Nuevo León, Sonora y Aguascalientes, por ejemplo. La causalidad va de las creencias y cultura, a las instituciones y a los incentivos.
Traducir estas ideas en políticas que resuelvan de fondo la crisis oaxaqueña es relativamente claro en el caso de las instituciones (nuevas leyes, organizaciones, y contratos sociales). Son obvias hoy en día las instituciones que promueven el desarrollo económico y la reducción de la pobreza, la evidencia en el mundo actual y en la historia es abundante. Más difícil es el cambio en los sistemas de creencias y en la cultura que necesariamente deben soportar a las nuevas instituciones. No se trata de una siniestra reingeniería social, sino de una complicada, concienzuda y eficaz estrategia de educación formal e informal. Pero, restablecer el orden, y cerrar el enorme hueco que Oaxaca significa en la estructura del Estado mexicano, es el indispensable primer paso.
(El Economista)
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