EL BEBÉ HIPOPÓTAMO Y LA TORTUGA
10.20.06 - Leído 664 veces. Enviar esta notaOpinión de José Gordon
Cada animal es un cuento, dice Alberto Ruy Sánchez. Así, elefantes, jirafas, gatos, cebras o serpientes se prestan a todo tipo de lecturas simbólicas: desde las que buscan una moraleja de profesora regañona hasta las que nos dan un retrato irónico de la condición humana o del absurdo de ciertas formulaciones de la lógica…
Basta recordar una aguda fábula de Augusto Monterroso sobre la proverbial lentitud de la tortuga y una paradoja que le permite derrotar no tan sólo al veloz y distraído conejo sino también al mismísimo Aquiles:
“Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones. En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles”.
Los animales nos conectan con una inteligencia mítica que resuena en una zona profunda del alma, más allá de nuestra piel. Sus ojos son espejos de otredad radical. Desde Esopo hasta Kafka, pasando por Borges y Francisco Toledo se registran con diversa fortuna las mil y una fábulas de la zoología fantástica. Estos cuentos se asocian por lo general con la imaginación de un pintor o un poeta, sin embargo, los animales nos sorprenden con historias que ellos mismos escriben. Éste es el caso de una noticia de la que fui alertado por mi amiga Ana Zagury. La BBC fue una de las primeras cadenas que transmitió la información: “En Kenya surge una rara pareja de amigos. Un bebé hipopótamo que sobrevive el tsunami es adoptado por una tortuga de cien años”.
Una fábula encarnada
Ante lo increíble de la escena nos quedamos pensando si no será una fábula de Vargas Llosa que nos demuestra así que ya ha visitado todos los géneros literarios. No hay que olvidar que su animal favorito es el hipopótamo. Colecciona sus figuras. Las tiene al lado cuando escribe sus novelas.
Sin embargo, la trama de este cuento no pasó por la mente de un escritor. Surgió hace ya casi dos años cuando una serie de inundaciones arrastró por el río Sabaki a una manada de hipopótamos que llegó así al mar. A la tragedia siguió otra tragedia. El devastador tsunami que azotó al sureste asiático llegó en menos de doce horas a las costas de África. Los hipopótamos que se movían en los parajes de una playa extraña desaparecieron por completo. Al día siguiente, en medio de la desolación, se distinguía la figura de un bebé hipopótamo varado en un arrecife. Cientos de personas atestiguaban los esfuerzos realizados por rescatar a la pequeña criatura que tenía un peso de 270 kilos.
El hipopótamo fue llamado Owen. Se le llevó a Haller Park, un espacio de protección de animales. En ese lugar ocurrió el encuentro inaudito con una tortuga masculina denominada Mzee, que en swahili significa hombre viejo.
Cuando Owen vio a la tortuga estableció un profundo lazo afectivo con ella. La seguía a todos lados como si fuera su madre. La ecóloga Paula Kahumbu, encargada del parque de animales, señala que al principio la tortuga fue reticente. Sin embargo, al día siguiente ya jugaban juntos. La tortuga había adoptado al hipopótamo.
Kahumbu se sorprendió al verlos nadar, comer y dormir juntos: “El hipopótamo -comenta-sigue a la tortuga en la misma forma que seguiría a su madre. Si alguien se acerca demasiado, reacciona con agresión como si estuviera protegiendo a su madre biológica”.
Prácticamente a dos años de este singular encuentro, la amistad continúa. El hipopótamo lame cariñosamente a la tortuga, le muestra su afecto. Los visitantes se impresionan al ver la convivencia entre estas especies tan disímbolas en un entorno alejado de la vida salvaje. El profeta Isaías advirtió alguna vez que morarían juntos el lobo y el cordero. Hay que añadir a una nueva pareja de animales. No resisto extrapolar la lectura de esta fábula encarnada, cortesía de la naturaleza. ¿Será mucho pedirle al PAN y al PRD que aprendan a coexistir antes de que el tsunami nos alcance?
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