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ARETE

Opinión de Marielena Hoyo Bastien.- En recuerdo de mi amado Happy End. Por sanidad mental y espiritual, haré un pequeño receso en el camino de la denuncia que tanto se ve forzado a frecuentar este espacio, aprovechando el momento deportivo por el que atravesamos y que me permite, además de preparar mi alma y espíritu para lo rudo que viene y que ya les pasaré a costo, dar cabida al buen recuerdo de quienes fueron caballos-leyenda, y que montados, ¡claro!, también, por magníficos e inigualables jinetes-leyenda, trajeron para México de manera individual y por equipo, el oro, la plata y hasta una medalla de bronce dentro de la disciplina ecuestre olímpica, para más, obteniendo las preseas en dos de las competencias más rudas y difíciles como es el Premio de las Naciones, o sea, un concurso de salto de obstáculos con altísimo grado de dificultad, y la Prueba de los Tres Días, extenuante al igual para los binomios. Lo anterior, durante la primer olimpiada de la posguerra, en agosto de 1948, y particularmente la PRIX DES NATIONS en un estadio (Wembley) que levantó en júbilo total a las más de 80 mil almas que guardando hasta el mínimo suspiro… suspendiendo literalmente la respiración… acompañaron el cadencioso recorrido del Teniente Coronel de Caballería Humberto Mariles Cortés y de su compañero ARETE, para unos alazán tostado (primero muerto que cansado) y para otros colorado, pero que sea cual hubiere sido su exacto tono de manto, despidió la justa olímpica con una mínima puntuación de castigo por haber pisado la ría (obstáculo que a muchos caballos les da terror, pero a nuestro campeón peor tantito, al grado de que la libró trotando) y haberse excedido del tiempo marcado para la prueba. Con este hecho, este decidido y gallardo militar, guapo, para más, a decir de las imágenes porque no lo conocí, se impuso y por mucho a España, Estados Unidos, Francia, Italia e Inglaterra, que seguramente habían dado por un hecho su triunfo al tener que competir contra caballitos mexicanos más bien pequeños, enclenquitos, pero… ligero olvido… con un corazón y un espíritu que no se miden por talla, en especial en el caso de ARETE, que con todo en contra traía sangre de campeón, tal como lo comenzó a demostrar desde 1942, cuando siendo todavía potro comenzó a ganar y ganar moñas y trofeos al mando del querido Pache, a su muerte, Coronel de Caballería E. E. Pedro Pacheco Huerta, cuyo homenaje al virtuoso caballo quedó plasmado para la posteridad en un pequeño libro (La Verdad sobre Arete, edición agotada) que es una delicia leer y releer por el sentimiento del que está impregnado, pero…

 

Entérome apenas por una nota aparecida el pasado 22 de julio en el periódico Reforma, que la situación para este par de campeones y para el equipo en general (Capitanes Rubén Uriza y Alberto Valdés, Mayor Joaquín Solano Chagoya y Subtenientes Raúl Campero y Víctor Manuel Saucedo Carrillo-Jarocho, Malinche, Hatuey, Chihuahua) no fue para nada miel sobre hojuelas. Y es que aunque el querido Mayor de Caballería retirado Armando Félix Contreras, escribió en su memorable libro Sed de Triunfo -magnífica edición que se puede adquirir llamando al tel. 52 51 93 76 del DF- que se les había pedido regresar cuando ya se encontraban en Roma, realizando competencias previas a las olímpicas, parece ser que lo real fue que dada la condición de los equinos… insisto… criollos, pequeñines, no pura sangre… que a decir (o convencido sabe Dios por quién) del presidente Miguel Alemán Valdés no eran monturas apropiadas para una justa como las Olimpiadas, para colmo, estando uno de los cuacos, precisamente ARETE, falto de visión del ojito izquierdo, o sea, tuertito, la instrucción presidencial fue precisa y directa a don Humberto Mariles, para que ni siquiera salieran del país con rumbo a ninguna competencia, pero…

 

Estando ya todo pagado, acreditadas las participaciones de jinetes y equinos, en fin, habiendo de por medio años y años de preparación, Mariles mandó por un soberano tubo la orden del primer mandatario y hombrecito como era, se presentó ante EL EQUIPO proponiéndoles el desacato, eso sí, haciéndose responsable único del acto y por lo tanto viniéndose a enterar, ya estando en plenas pruebas italianas y por propia indicación del embajador mexicano allá, que debía regresar de inmediato a México pues pendía sobre él una orden de aprehensión que incluía peculado y ¡deserción!, indicándole además que ya no dispondría de dinero, motivo por el cual don Humberto seleccionó los caballos que competirían y al resto los vendió para tener fondos. A saber… El chiste es que siguieron juntos hasta llegar a Londres, no sin antes haber pasado por el Vaticano para ser recibidos por el Papa Pío XII, que seguramente ignorando el atrevimiento del jefe de grupo no sólo bendijo a los militares, sino que los alentó para la obtención de la máxima presea olímpica, situación a la que respondieron los muchachos como ya sabemos, pues de lo contrario su destino hubiera sido la cárcel.

 

A riesgo de parecer de otro siglo, les aseguro que ya no hay deportistas con esta valentía, disposición y orgullo. Tampoco monturas sencillas y dispuestas a reventarse el corazón por su jinete o amazona; no. Ahora todo es dinero, preparación computarizada, entrenadores de excelencia ($) y ¡voilà!… ahí está la historia. Y…

 

Mientras se manejó en bajo perfil el éxito de los compañeros de Mariles y prácticamente bajo el anonimato total al resto de caballos, ARETE está enterrado en el Centro Deportivo Olímpico Mexicano (CEDOM) donde veo que las jóvenes generaciones pasan de largo sin detenerse a contemplar el lugar de reposo de un animal que contra todo y muchos, entre ellos el mismo presidente de la República, no ha sido igualado. Por eso, nos estamos tardando el mundo de la equitación, especialmente el área militar ecuestre, en levantar un monumento en área pública a esta singular pareja y a todo ese maravilloso equipo… que no se repetirá. Nunca en tales circunstancias, ni con esa decisión de triunfo.

 

Cuentan los documentos consultados para este texto y ya citados, que ARETE era un caballo más bien manso, tranquilo, pero que una vez dentro del machero nadie podía traspasarlo. Que se convertía en una fiera cuando de defender su privacidad se trataba. Que al ser tuerto se le dificultaba comprender las distancias y que por lo tanto montarlo era todo un reto. Y así…

producciones_serengueti@yahoo.com

(La Crónica)

 

Publicado por Agustín en agosto 2 2012. Archivado bajo Observatorio Ambiental. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Los comentarios y pings están cerrados por el momento.

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