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LAS CIENCIAS, LA TECNOLOGÍA Y EL PAÍS
Opinión de Blanca Jiménez Cisneros*
Al escuchar las propuestas, en estos tiempos de campaña, es importante no sólo preguntarnos qué clase de país queremos, sino cómo podemos tenerlo. Me queda claro que los gobiernos no han sido, ni serán capaces -por sí solos- de construir un mejor país. Es en este contexto en el que tenemos que reflexionar sobre qué podemos hacer, en lo personal y en lo colectivo, para construir el México que deseamos.
En mi caso, y como muchos saben, el agua siempre me ha fascinado, pero lo que quizá no saben es el porqué. El agua es transversal y transdisciplinaria, y siempre me arrastra a aprender y reflexionar dentro de campos más amplios de los que son mi tarea como profesional. El agua me lleva a conocer y colaborar con personas de otras disciplinas, de otros países, de otras clases sociales, y otras motivaciones políticas.
Hace unos diez años visité Corea del Sur con el fin de conocer sistemas de tratamiento de agua con base en nanotecnología. Cabe destacar que visité varios centros de investigación de alto nivel. También, en esa época, tuve la oportunidad de visitar Windhoek, capital de Namibia. Esa ciudad es el único sitio del mundo en donde, por más de cuarenta años, se ha tratado agua residual para consumo humano con nanotecnología (procesos de membranas).
Pues bien, estando en Corea del Sur, una alta autoridad científica del país se enteró de que una mexicana estaba de visita en su país. Me invitó a comer, lo cual me sorprendió. Durante la comida supe que tenía interés, simplemente, de hacerme una pregunta: ¿por qué México se había quedado en el atraso en que estamos -no sólo económico, sino también de impacto de la ciencia y tecnología-, cuando a él lo habían mandado en los años setenta (del siglo pasado) a visitarnos para conocer lo que hacíamos en política científica y aplicarlo en su país? Me comentó que aprendió mucho, y que cuando regresó lo aplicó en su país con mucho éxito. Así que no entendía qué nos pasó, sobre todo, porque en esa época las capacidades económicas de ambos países eran similares.
En Windhoek, Namibia -país que cuenta con un producto interno bruto per cápita de menos de un sexto del de México-, la carencia de agua los llevó a desarrollar programas muy agresivos de uso eficiente para dotar de servicios a todos los habitantes de la ciudad. Por ejemplo, entre otras cosas, se cambiaron todos los jardines con plantas frondosas por jardines con cactáceas que no sólo consumen menos agua, sino que además son nativas de la región.
Hace cincuenta años, y una vez agotados todos los medios para hacer rendir al máximo el agua disponible, se concluyó que era necesario reusar el agua residual para consumo humano. En ese momento, en ninguna parte del mundo existía la experiencia y el conocimiento necesarios, no sólo de tratamiento, sino también de medición de los efectos en la salud y el manejo de la aceptación social. Además, Namibia es un país subdesarrollado. ¿Cómo lograrlo? La necesidad de agua hizo que Namibia se concentrara en responder la pregunta; en lugar de entender “por qué no” se buscó el “cómo”. Establecieron una cooperación con otro país subdesarrollado, Sudáfrica. Juntos, políticos y científicos desarrollaron un programa basado en ciencias exactas y naturales, tecnología y ciencias sociales para implementar -en 10 años- el programa más impresionante de reúso de agua que hay en el mundo. Hoy en día, Namibia sigue siendo el único país en llevar a cabo esta práctica, mientras otros países -como Estados Unidos- exploran aún la posibilidad. El programa ha funcionado con éxito, sin efectos negativos en la salud y con una confianza plena de los ciudadanos en sus científicos y políticos por la seguridad del servicio. Al grado de que la calidad del agua se anuncia con orgullo en el periódico local todos los días.
Estos ejemplos, Corea del Sur y Namibia, me llevan a reflexionar ¿por qué otros países sí han podido construir el futuro que quieren y México no? Máxime si contamos, como he tenido la oportunidad de constatar, con un excelente nivel académico en los diversos centros de investigación del país -en muchos casos similares a los de otros países más desarrollados- y existe un verdadero compromiso social por parte de las investigadoras y los investigadores. Como la de otros, mi respuesta es: en primer lugar, por la falta de voluntad política de los gobiernos. Pero, debo reconocer que no sólo hay un “primer lugar” de razones sino una lista. Entonces, en segundo lugar, porque muchos servidores públicos desconocen cómo aprovechar la ciencia y tecnología para resolver los problemas de México. En tercer lugar, porque nuestros sistemas de evaluación científica premian -en mayor medida- las publicaciones en revistas extranjeras que el resolver problemas nacionales. Y en cuarto lugar, que los investigadores no hemos hecho una adecuada difusión de lo que sabemos y podemos hacer.
Por lo anterior hoy me queda claro que la voluntad política no va a generarse en forma espontánea, sino que es necesario que los académicos la generemos. Sólo juntos, la sociedad y las diversas áreas del conocimiento como gremio, podremos hacer que las ciencias (TODAS) y la tecnología sean consideradas por los políticos – y por su importancia para el país- como uno de sus más preciados bienes públicos.
*Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias
consejo_consultivo_de_ciencias@ccc.gob.mx
(La Crónica)







